“Aprender a innovar con la pandemia, haciendo. Más allá de las teorías hay todo un aprendizaje por construir en acción y movimiento”.
Llevamos años reflexionando sobre educación e intercambiando métodos y dinámicas relacionadas con la innovación.
Llevamos años redactando leyes educativas en busca de mejoras académicas, de resultados. Quizá la respuesta que buscamos sea para una pregunta de una escuela pasada.
Probablemente debamos formular una nueva pregunta para los resultados que queremos obtener. El objetivo de la escuela de antes era capacitar al alumnado, conseguir titulaciones. En esa escuela y sociedad de antes, era muy difícil ver a alguien con un título universitario sin empleo.
En la sociedad de hoy, ocurre justo lo contrario. Cada vez hay más jóvenes que, a pesar de tener un amplio currículum y cientos de titulaciones, no encuentran empleo en aquello para lo que se han formado.
Pero, ¿cuál es el objetivo de la educación hoy en día? Si me lo preguntan a mí, lo tengo bien claro: aprender a vivir, aprender para la vida, aprender para transformar el mundo a mejor.
Aprender para vivir implica dos cosas. La primera, ser felices. La segunda, ser lo más competente posible en nuestro talento y profesión para poder trans formar la sociedad a mejor.
¿Creéis que todas las personas somos competentes en las mismas cosas? ¿Por qué seguimos dando más valor a los títulos universitarios, a las capacidades memorísticas, a las asignaturas “troncales”?
¿Por qué continuamos pensando que unos talentos valen más que otros? ¿Conocéis a alguna persona que, aun teniendo un talento especial para la música, el cine, el humor, la danza, la pintura…y piense que no es así? ¿Cuántas veces adormeció la escuela la curiosidad y creatividad innata de un niño?
Durante el confinamiento, la pandemia nos dio muchas claves para hacernos abrir los ojos y cambiar la mirada hacia la escuela y el aprendizaje, pero de pronto, un día volvimos a abrir los colegios y, con la formidable excusa de los protocolos, volvimos a caer en el error de reducir la escuela a un pupitre, una tiza y un libro de texto, en la mayoría de los casos.
Cuando nos centramos en terminar el temario de un libro de texto de una determinada editorial, no estamos mejorando la calidad del aprendizaje.
¿Habéis probado alguna vez a pasarle al alumnado la misma prueba escrita que le pusisteis hace tres semanas? Os sorprendería que los aprobados en aquel examen ahora se convertirían en suspensos. Entonces, ¿por qué nos preocupa tanto el aprobado?
Aprender implica construir haciendo, aprender implica recordar lo que a uno le enseñan, aprender implica saber manejar de forma práctica la teoría.
Como docentes, debemos afrontar cada día con la ilusión de aprender de nuestros alumnos, de sus diferencias, de sus capacidades variadas y talentos múltiples, ofreciéndoles clases sorprendentes, llenas de emociones, que permitan aprender repitiendo un mismo contenido desde diferentes enfoques y perspectivas: cocinando, bailando, buscando tesoros, cultivando un huerto, cuidando animales, haciendo primeros auxilios, escalando, midiendo la rueda de una bicicleta para ver la longitud de su circunferencia o midiendo el patio a pasos, a palmos o zancadas para aprender las medidas corporales. En definitiva, apartándonos del café para todos.
Lo más importante que he aprendido de mis alumnos y alumnas es que:
1. El cerebro no es un bote que hay que llenar de cosas.
2. La inteligencia es diversa (no todos aprenden del mismo modo, no todos aprenden en el mismo tiempo ni a todos se les dan bien las mismas cosas).
3. El aprendizaje se construye en acción, en movimiento, en contacto con los otros, con aprendizaje cooperativo y con tareas integrales. Por ejemplo, haciendo teatro.
4. Cualquier niño puede mejorar siempre, a pesar de la genética o de los factores sociales y ambientales. Cualquier niño se motiva con el poder de nuestras palabras y abrazos, con ta reas cargadas de sorpresa y emoción.
Teniendo en cuenta que no todos los niños irán a la universidad y que por ello no serán peores que otros, debemos plantear una escuela que respete los talentos, que se base más en el espíritu crítico, en el debate, en el planteamiento de los problemas reales de la vida y del mundo, una escuela que formule retos a resolver en equipo, que tenga como base los valores sociales que permiten a un colectivo ser más tolerante y empático, que permita la adquisición de herramientas para buscar información, para contrastar diversas fuentes de aprendizaje… pues quizá, lo más importante en la escuela de hoy no sean los contenidos, sino las interacciones que ocurren alrededor de ellos.
Dicho esto, para mí la FP (formación profesional) tiene un impacto extraordinario, aunque en España haya todavía personas que la perciban como un itinerario de segunda y con cierto estigma.
Como decía antes, la búsqueda de la felicidad también implica descubrir qué profesión se ajusta más a nuestras necesidades y capacidades, formarnos en ella y proyectarnos sabiéndonos igual de validos e importantes que cualquier otra persona que desempeñe cualquier otra profesión.
¿Abrimos las puertas del aula al aprendizaje servicio, a los oficios de nuestro contexto próximo, a las tareas que permiten un desarrollo integral, al teatro, al cine, a la radio y televisión escolar? ¿Estamos dispuestos a desaprender cosas que nos hacen apagar estrellas a diario en la escuela? ¿Seremos capaces de dejar de ver como asignaturas de segunda a la música, el deporte, las artes plásticas y escénicas, y la danza? ¿Invertiremos más en recursos humanos y materiales que en libros de texto que cambian cada cuatro años para decirnos muy pocas cosas diferentes de las que decía el libro anterior?
¿Seremos capaces algún día de consensuar una única ley educativa, firme y clara, que arriesgue únicamente por el alumnado y la transformación social y no por los votos y la política?
¿Será algún día la educación la ansiada vacuna contra la vulnerabilidad social y la búsqueda del verdadero avance del mundo?
Mientras siguen llegando, con cuentagotas, mejoras a los colegios en todas estas líneas, debemos continuar con optimismo, siendo docentes que saben y creen que el verdadero cambio está y viene de nosotros, de los maestros y maestras que cada día van a sus colegios con el propósito de despeinar el sistema y revolucionar la educación, dándole alas a sus alumnos, creyendo en sus infinitas posibilidades y permitiéndoles desarrollarse en todas sus dimensiones, intentando que el niño y la niña continúen aprendiendo sin tener miedo a equivocarse, pero, al mismo tiempo, valorando la importancia del esfuerzo y el sacrificio para conseguir metas en la vida. Debemos, asimismo, limpiarnos las gafas que nos impiden ver sin etiquetas ni estereotipos.
Después de todo, el objetivo de la escuela y de la vida es ser felices y descubrir las cosas que nos hacen serlo.
Ahora que el curso está comenzando, no caigamos en los mismos errores del curso pasado, no privemos a nuestro alumnado de proyectos, efemérides, excursiones… que les permitan potenciar sus capacidades y aprender dando lo mejor de sí mismos.

