“Ser docente es caminar con piedras en los zapatos, pero con la convicción de que la educación transforma vidas”

Desde mi visión en el aula, ser docente en la actualidad, especialmente en los niveles de primaria y secundaria, va mucho más allá de enseñar meros contenidos académicos. El trabajo que desarrollamos está lleno de retos que muchas veces vivimos en silencio, con el corazón lleno de vocación pero también con el cuerpo y el alma cansados.

Cada mañana, los docentes de primaria llegamos a nuestras aulas con la esperanza de marcar la diferencia. Frente a ella, más de veinte niños y niñas con historias diferentes. Algunos llegan desayunados, otros no. Algunos traen mochilas llenas de cuadernos y materiales nuevos y otros solo tienen una hoja doblada y un lápiz mordido. Hay quien ya sabe leer y quien aún no reconoce su nombre escrito. Hay niños con energía desbordante y otros que apenas alzan la voz. Y ahí estamos nosotros, tratando de atender a todos y que no se nos quede nadie atrás.

En secundaria el panorama cambia, pero no el esfuerzo. El profesorado entra al aula sabiendo que, además de enseñar ecuaciones, literatura o historia, debe lidiar con el silencio pesado de la adolescencia, con la rebeldía, la inseguridad y la búsqueda de identidad de sus estudiantes. Algunos lo miran con interés, otros con desdén, como si lo que dice no importara. Pero ellos insisten, buscando maneras nuevas de conectar, intentando hablar su idioma sin perder el suyo.

En ambas etapas nos enfrentamos a una realidad común: la diversidad en el aula. No se trata solo de capacidades distintas, sino de mundos distintos. Familias presentes o ausentes, contextos de violencia o protección, alumnado que necesita afecto, otros que reclaman límites y todos esperando ser vistos.

A esa complejidad se suma también la falta de recursos. Hay escuelas donde no hay libros suficientes, donde el proyector no funciona, donde la pizarra tiene más años que el alumnado. Y sin embargo los docentes nos las ingeniamos con cartulinas recicladas, con juegos inventados, con videos que descargamos en nuestra casa porque en la escuela no hay internet… Porque la educación no espera y ellos tampoco.

Pero más importante son los recursos humanos, ya que la educación no puede recaer únicamente en una persona por aula, no cuando hay tantas realidades conviviendo entre cuatro paredes. Se necesita un equipo, se necesitan manos, voces y ojos que compartan la tarea de enseñar, de cuidar y de formar para atender las distintas realidades que hay en la escuela.

También cargamos con una sobrecarga laboral que no siempre se ve. Después de las clases seguimos planificando, corrigiendo, llenando informes, asistiendo a reuniones… Muchas veces el tiempo que dedicamos a nuestros propios hijos se reduce porque estamos preparando actividades para nuestro alumnado. Y aun así lo hacemos con amor, aunque a veces el cuerpo y la mente nos diga basta.

Por si fuera poco, debemos adaptarnos a cambios constantes en las políticas educativas. Hoy se evalúa de una forma, mañana de otra. Se implementa una nueva metodología, se eliminan materias, se agregan responsabilidades… Todo sin el tiempo ni la formación adecuada, como si los cambios pudieran aplicarse de la noche a la mañana en un aula llena de vidas reales.

Además, la tecnología ha traído nuevos desafíos en los últimos años. El alumnado tiene acceso a dispositivos o internet, pero no saben cómo gestionarlo y usarlo para aprender. Entonces los docentes nos vemos obligados a conocer nuevas herramientas, muchas veces por nuestra cuenta, para poder seguir enseñando en un mundo que está en constante cambio.

Y en medio de todo esto está el reto más silencioso: la desmotivación y los problemas de conducta. Hay niños que no quieren participar porque nadie les ha dicho que pueden o hay adolescentes que se desconectan porque sienten que nada tiene sentido. Los docentes debemos ser entonces un motivador, un guía, un sostén emocional y mirar más allá del cuaderno vacío y preguntar: “¿Estás bien?”

A menudo, todo este trabajo es realizado en un entorno donde muchos docentes sienten que no se les valora lo suficiente ya que la sociedad exige resultados, pero pocas veces se reconoce el esfuerzo y pocas veces alguien pregunta: “¿Cómo estás? ¿qué necesitas?” Y pese a los desafíos, los docentes seguimos ahí, un día tras otro.

Porque también hay algo que nos mantiene: la sonrisa de un niño que aprendió a leer, la mirada orgullosa de una adolescente que entendió por fin un problema de álgebra, la carta que dice “gracias por no rendirte conmigo”, el abrazo espontáneo en el recreo o la visita al colegio de antiguos alumnos que se han acordado de ti y dedican un poco de su tiempo a saludar y a hablar contigo.

Los docentes no queremos ser héroes, solo queremos ser buenos maestros, pero necesitamos que la escuela funcione como una comunidad no como una identidad solitaria, donde no carguemos solos con tantos mundos diferentes. Porque ser docente hoy es caminar con muchas piedras en los zapatos, pero también con la convicción profunda de que la educación transforma vidas. Es luchar contra la corriente, sí, pero sabiendo que cada esfuerzo, aunque sea pequeño, puede sembrar un futuro mejor.

Publicado por sptartessos

La Sociedad Pedagógica Tartessos está formada por docentes interesados en modernizar la educación española.

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