Mucho se trabajan las emociones a lo largo de toda nuestra vida pero todas ellas, conllevan a su vez añadidas palabras como: reconocer, entender, verbalizar, expresar, regular…y esto, sin duda alguna es algo que cuesta mucho canalizar y sobre todo cuando se trata del trabajo en el aula.
Y es que, el docente no sólo tiene que saber lidiar con las emociones de sus alumnos y alumnas, sino que debe aprender a percibir, manejar, utilizar o comprender dichas emociones y aquí, sin duda alguna vienen añadidas todas las dificultades a las que el maestro en su día a día debe hacer frente.
Cuando te dicen que todos los días no son iguales aunque siempre termina por salir el sol, debemos ser conscientes de todas las batallas y las mochilas emocionales con las que cada persona va cargada y así, seguramente seremos capaces de llegar mejor a cada uno de nuestros discentes.
Salovery y Mayer, describen cuatro ramas de habilidades en la Inteligencia Emocional: el uso de emociones para facilitar el pensamiento, comprender las emociones, facilitarlas y manejarlas. Dicho así, parece fácil poder expresar lo que uno siente pero no es para nada tan sencillo ya que no sólo cuenta como tú te sientas si no como se sienten los demás.
Mucho se habla del bienestar emocional para los docentes y de la importancia que este tiene pero cada día y cada vez más, encontramos personas muy cansadas y “quemadas” de trabajar y sin ganas de hacer nada en el aula, sino ver pasar los días o el tiempo o cogerse una baja prolongada finalmente por ansiedad, depresión etc.
Parece que la carga lectiva y la burocracia y papeleo también tienen mucho que ver en todo esto aunque a su vez, hay muchas personas que de verdad no tienen verdadera vocación profesional y es por esto por lo que se cansan y no quieren molestarse mucho más. Todo ello es una verdadera pena ya que al final quién termina por “pagar” las consecuencias terminan siendo los alumnos, niños y niñas que no tienen la culpa de aquello que le sucede al docente pero que se ven “salpicados” por esto.
Se habla de calidad educativa y se buscan muchos sellos y reconocimientos para las escuelas para hacer ver la calidad del centro educativo pero lo que muchos no se paran a pensar es que dicha calidad depende de cómo se encuentran sus docentes y sus alumnos a la hora del proceso educativo de enseñanza-aprendizaje que entre ellos llevan a cabo día a día.
Un docente que comunica, motiva y moviliza es capaz de crear un clima en el aula en el que destacan la convicción, implicación, libertad, compasión, respeto o incluso agradecimiento y todo ello hace que las cosas fluyan solas, sin necesidad de nada más.
Pero la Inteligencia Emocional no depende sólo de la empatía o la motivación, sino que con ella entran en juego las habilidades sociales que uno tenga adquiridas y la capacidad de autorregulación o autoconsciencia a la hora de funcionar con el resto de personas, sabiendo cual es el lugar y el momento en el que estas en cada momento y de qué manera se debe funcionar.
Por todo ello, no se puede hablar de Inteligencia Emocional sin hablar de salud y de la importancia que esta tiene para cada persona a la hora de funcionar dentro de un grupo y dentro de nuestra Sociedad.
Aristóteles ya decía que: “Educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto”, por lo que debemos sin duda intentar siempre al corazón de cada uno de nuestros alumnos y alumnas para poder trabajar y desarrollar mejor dicha Inteligencia Emocional.
Hay una frase que circula por las redes que desde mi punto de vista define muy bien aquello que denominamos Inteligencia Emocional y dice así: “Capacidad para mantenerse estable cuando las cosas están bien, y también cuando no suceden como queremos.” Aquí podemos hablar de la palabra Resiliencia que se denomina como la capacidad de hacer frente a las adversidades de la vida, trasformando el dolor en fuerza motora para superarse y salir fortalecido de ellas. Y es que, una persona que es resiliente comprende que es el arquitecto de su propia alegría y su propio destino.
Cuando uno es consciente emocionalmente de todo lo que todo lo anterior citado conlleva para su persona y para su funcionamiento en Sociedad, puede intentar trabajar su Inteligencia Emocional porque sí, se puede mejorar y sí se puede trabajar día a día para poder establecer unas mejores relaciones tanto personales como profesionales.
Parece además que la persona con competencias de Inteligencia Emocional es el doble de productivo y muestra un desempeño mayor al que sólo posee habilidades cognitivas ya que es capaz no sólo de intentar regular sus emociones diarias y canalizarlas lo mejor posible si no de empatizar con las de los demás.
Y sí, todo esto está muy relacionado con lo que la gente denomina la felicidad y su búsqueda ya que si mejoras tu bienestar personal, podrás tener una mejor salud y llevar una mejor calidad de vida con menos ansiedad y estrés.
A su vez, dicha Inteligencia está sumamente ligada a la relación que existe entre los pensamientos y los sentimientos en la vida cotidiana y de qué forma influyen en nosotros como personas y también como docentes.
Sí tú piensas en positivo, seguramente obtengas mejores resultados y avances mucho más que si lo haces en negativo, aunque a veces sea difícil hacerlo.
Como docentes, también debemos validar siempre todas las emociones de nuestros alumnos y alumnas por pequeñas que parezcan ya que si nosotros como adultos seguimos necesitando de dicha validación, ellos como niños y niñas que se están formando como futuros ciudadanos, aún necesitan de una mayor aprobación.
Por todo ello, el docente se convierte a su vez en un instrumento esencial motivacional para el desarrollo de la Inteligencia Emocional en los niños y niñas de la escuela.
Ahora se añade a todo ello la llamada Alfabetización Emocional y de qué manera tanto docentes como discentes aprenden poco a poco a conectar sus emociones con el proceso de enseñanza-aprendizaje, una labor ardua pero no imposible, que necesita de herramientas prácticas tanto para la educación emocional no sólo en contextos formales sino también informales, poniendo siempre en el centro de dicho aprendizaje el bienestar emocional no sólo del alumno sino también del docente.
