De camino a Ítaca

No hay misión pequeña si el amor es grande.

Domund 2017

Miércoles 3 de mayo de 2023. Huerto de la escuela. Se acaba la tertulia de El principito. Hablo el último. No me atrevo a hacerlo antes. Lloro siete veces, creo… Nunca antes tuve una sensación tan complicada para comunicar un propósito. No puedo articular las palabras por culpa de una emoción que parece un bicho con un velcro que se aferra a mi garganta y casi como me deja respirar. Me callo, me tapo la cara con las manos y pienso que intento enseñar a gestionar emociones y yo no puedo hacerlo; cada día que pasa siento que no tengo ni idea de lo que pretendo enseñar. Es normal, nadie nunca me ha dicho cómo se llora, que de eso no hay exámenes. Entre lágrimas y con largas pausas, que me parecen terriblemente infinitas, consigo comunicar a mis niños que el curso siguiente no estaré trabajando en el colegio. Silencio absoluto. Los voy mirando y todos lloran. ¿Será por simpatía o por qué les duele mi potencial ausencia? Me rehago; tengo que hacerlo, porque ellos lo necesitan. Entonces, ya más tranquilo, les explico que después de veintitrés años en San Roque he decidido coger una excedencia para participar en un proyecto humanitario no remunerado de cooperación internacional para intentar instaurar la metodología del aprendizaje-servicio, mi pasión docente, en la ciudad africana de Sant Louis (Senegal).

“Pero, Paco. ¿Volverás algún día?”, me pregunta Lola. Esa no me la esperaba, iluso de mí. Me callo. No sé qué contestarle. Un amigo mío dice que soy una persona de capítulos, pero no me atrevo a decirle que no. Finalmente le contesto que el volver es una posibilidad, porque la excedencia me lo permite, pero que no padezca porque, aunque seamos de ciudades distintas, nunca perderemos el contacto. Recordaré todos los alumnos como únicos, pero esta ha sido una promoción emocionalmente diferente. Es, sin duda, el mejor grupo de alumnos con el que un pobre maestro de escuela puede terminar. Hemos conseguido tantas cosas juntos y mi corazón me indica que alguna más llegará. Por ello, para que no fuera tan traumática la noticia para ellos (¿o para mí?), les prometo que el último día de clase les entregaré mi teléfono y e-mail personales y les aceptaré en Instagram. Aunque no nos veamos, siempre seguiremos juntos, porque la vida es un viaje lleno de aventuras, como la travesía de Ulises hacia su Ítaca. Y ellos lo saben, que nos hemos leído juntos la Odisea.

Y desoyendo los sabios consejos de Machado, me giro, miro las huellas de la senda recorrida y observo con la perspectiva del paso del tiempo todo lo que he dejado atrás en el viaje hacia mi Ítaca. ¿Quién me diría a mí que ganaría tantas cosas cuando decidí estudiar maestro por las vacaciones? Sí, como suena, por las vacaciones. Me avergüenzo de escribirlo, pero así fue y no tengo por qué ocultarlo. Al final, como dice Ken Robinson, acabé encontrando mi elemento y puedo decir con toda la seguridad del mundo que hubiera trabajado sin cobrar. Ser maestro es un trabajo que si lo vives apasionadamente te puede cambiar la vida, pero también puede afectar a tu salud. Si eres docente apasionado te puede subir la tensión, es probable que notes alguna taquicardia, te suele invadir el insomnio, padeces estrés (sí, del que causa las bajas laborales que nadie entiende -¡con las vacaciones que tienen los maestros!-) y si te pilla bajo de defensas, por qué no una “bonita” depresión… Todos los profesores diferentes de verdad que conozco han visto pasar esta enfermedad de cerca o la han vivido de lleno. Algo mal estamos haciendo como sociedad cuando dejamos solos a estos profesionales auténticos. Querido maestro, algún día te llegará el día en que notarás, antes que nadie, que has tocado techo. La causa será la edad, la motivación, lo que sea…. Y tu corazón te pedirá un cambio de rumbo, y si eres fiel a ti mismo y a los niños que tienes a tu cargo, podrás concedérselo porque tú mismo tienes el timón la nave de camino a tu Ítaca.

Como he dicho, me giro a echar un vistazo a la senda y veo una inmensa felicidad que no cambiaría por todo el oro de Troya. Un camino traducido en casi setecientas diapositivas en mi port-folio personal y en infinitas vivencias guardadas en mi corazón. Me quedo con el tiempo robado a mi mujer y a mi familia, sin la cual no soy nada. Me quedo con mis alumnos, que han sido mis hijos del colegio, esperando que mi efímero paso por sus vidas les hay servido para ser mejores en todo; ellos lo han hecho conmigo. Me quedo con las muchas familias que me ven como parte de su familia y otras, que aunque no lleguen a tanto, saben que lo he dado todo por el bien de sus hijos. Me quedo con los amigos externos al colegio que han aparecido para mejorar los proyectos en los que me he embarcado sin esperar nada a cambio. Me quedo también con compañeros facilitadores, los que creen en las locuras de los cuerdos y asaltan ciudades dentro de caballos gigantes de madera; los muchos compañeros que suman y los muy pocos que multiplican; todas ellas personas que te quieren de verdad, que eso se nota. Alumnos, familias, amigos y compañeros que me han servido el manjar de la flor de loto para que no abandone el país de los lotófagos y han hecho extremadamente complicada esta decisión que ahora intento justificar. Ellos han provocado una herida en mi alma que jamás logrará cicatrizar. Tocará aprender a vivir con ella. Les daría mi vida.

Y no quería nombrarlos, pero creo que se merecen un espacio en esta odisea. También sigo viendo en el camino recorrido a los lestrigones, cíclopes e irascibles Poseidones que, aunque parezca mentira, me han dado fuerzas para seguir adelante y ser mejor en cada curso escolar. Estos seres son tan necesarios en la vida de cualquier persona… Personalmente, nunca les he tenido miedo gracias, como decía el gran Kavafis en su poema, a una exquisita emoción que consiguió tocarme cuerpo y alma. Seres no mitológicos que destacan tu “soledad” en el trabajo y un “individualismo” inexistente que no pueden demostrar. Gigantes de un solo ojo que solo ven los “éxitos” que sobresalen en tu travesía: que si has conseguido tres premios nacionales de aprendizaje-servicio, que si has llegado a ser el segundo mejor docente de España (sé cómo tú, amigo lector, que esto no es cierto), aunque sea por culpa de las familias y te lo trasforman todo en no sé qué bemoles de ego personal y envidias de chascarrillos de patio. Te conceden el honor de convertirte en punto del orden del día en su día a día mientras ladra el perro del hortelano, pero no te comunican el acta de sus decisiones. Ahora bien, no son capaces de imaginar el esfuerzo que hay detrás de toda navegación ni en los mejores de sus sueños. En resumen, son seres acomplejados que desean el naufragio de cualquier nave que viaje más rápido que la suya. Pues claro que sí, del camino me quedo también, y sinceramente lo digo, con las victorias luchadas y con los premios ganados (que no regalados) por el ejército de niños de pasión contagiada y motivación desmesurada, del cual he tenido el honor de ser su general en mando.

Amigo lector, te pido disculpas por la catarsis. Puede que el artículo no te aporte nada, pero mi amigo Manuel, director de la revista Sociedad Pedagógica Tartessos, me pidió que lo escribiera y así lo he hecho. A mí me ha servido para sacar de mis entrañas todo lo que siento. Perdona mi egoísmo.

En conclusión, se me abre un nuevo capítulo en mi vida; una nueva misión que tiene en común con la que cierro que la ayuda al prójimo está en el centro de la misma. Y no hay misión pequeña si el amor es grande. Y al final descubres que cualquier misión que se te ha puesto en el camino, en realidad, es un regalo. En ella me embarco siguiendo la senda de Machado que nunca se ha de volver a pisar y la cual espero volver a observar más adelante con la perspectiva de haber vivido nuevas experiencias apartado de Ítaca, a la que sigo viendo muy lejos. Sé que algún día llegaré, porque el barco no para de navegar y es de madera muy resistente, pero cuando lo haga seré muy viejecito, casi no podré ni caminar y mi pretensión será solo descansar; sé que no me ofrecerá riquezas a cambio de las experiencias del viaje. Le he pegado la vuelta a mi vida como a un calcetín y se me presenta un camino muy complicado, como los que me gusta recorrer. Espero me acompañes, de corazón, para seguir caminando juntos.

Ítaca te ha dado un viaje hermoso.
Sin ella no te habrías puesto en marcha.
Pero no tiene ya más que ofrecerte.

Aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti no se ha burlado.
Convertido en tan sabio y con tanta experiencia,
ya habrás comprendido el significado de las Ítacas.

El viaje a Ítaca, Konstantino Kavafis.

Paco Pascual Soler

Maestro de Primaria

Publicado por sptartessos

La Sociedad Pedagógica Tartessos está formada por docentes interesados en modernizar la educación española.

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