Empieza la Escolarización

“…Y llegó el momento de la escolarización”

Como cada año, llega el mes de marzo y con él, el mes de la escolarización. Se trata de una decisión trascendental para muchas familias, preocupadas por la importancia de la decisión a adoptar en cuanto a la elección del centro educativo donde escolarizar a sus hijos. En este mes se solicita plaza escolar, tanto para los que se incorporan por primera vez al sistema educativo (normalmente a la edad de tres años, por lo que optan a una plaza en Educación Infantil), como para aquellos otros que por motivos diversos han decidido cambiar de centro.

        Querámoslo o no, se trata de un paso crucial para muchos entornos, tanto familiares como educativos. Y ello genera situaciones de mucha preocupación cuando no de ansiedad o crisis. Desde hace algunos años venimos asistiendo al impacto que está teniendo en nuestra sociedad la bajada demográfica, lo que repercute directamente en la oferta educativa. Tanto en los entornos urbanos como rurales, se viene asistiendo a una menor demanda lo que, en muchos casos, viene a evitar la masificación de las aulas a que nos hemos acostumbrado en numerosos centros de ciertos entornos geográficos.  Pero no todo es de color de rosa, hay zonas sobresaturadas donde se sigue sin poder dar respuesta a las demandas familiares en cuanto a las primeras elecciones y ello genera insatisfacción o enfado en muchas de ellas que ven cómo sus expectativas se ven frustradas.

        Es, por tanto, un momento de reflexión tanto en los centros como en las administraciones responsables de elaborar una adecuada planificación educativa basada en una correcta prospectiva educativa. La metodología basada en el mapa escolar como propuesta de trabajo a medio y largo plazo se convierte en necesaria. Desde los responsables educativos, véase las correspondientes Delegaciones Territoriales de Educación dependientes de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, se viene trabajando en ello y, a menudo, de forma muy minuciosa. Pero no siempre llueve a gusto de todos. Y es que la educación se ha visto considerada también, de un tiempo a esta parte, en un servicio público con un marcado carácter mercantilista fruto de las nuevas tendencias neoliberales donde el mercado de la oferta y la demanda marcan las pautas a seguir por parte de los responsables educativos. Y aquel concepto de “demanda social” tan polémico vino a complicar las cosas un poco más. Medidas del tipo de reducir ratios aprovechando este bajón demográfico, podrían contribuir a una mejora de la calidad educativa permitiendo clases donde la ratio 25 no fuese la referencia a tener en cuenta en el proceso de escolarización (ya sé que este tema queda un poco ñoño de tanto repetirlo durante tantos años, pero no pierde vigencia por ello).

        También, como elemento histórico de debate, se plantea la cuestión de la escolarización en los tres sistemas existentes en nuestro país: público, concertado y privado. Tradicionalmente, ha sido la escuela pública la que ha asumido ese carácter integrador e inclusivo dando cabida en sus aulas a todo tipo de alumnos provenientes de todo tipo de familias independientemente de su extracción social, capacidad o discapacidad, raza, etnia, origen o cualquiera otra circunstancia que pudiera servir como elemento diferenciador. Ello ha redundado en una mayor diversidad en sus aulas donde la heterogeneidad ha sido el factor identificativo. También esta diversidad ha traído numerosas dificultades ya que no siempre se ha contado con los recursos necesarios para hacerle frente de manera exitosa, tanto de carácter material como personal o humano. Y no es que no se haya puesto empeño por parte del profesorado en atender esa diversidad, pues normalmente se ha implicado personal y emocionalmente en prestar la mejor atención posible, pero unas veces por su escasa formación en este ámbito, otras por la acumulación de situaciones en el mismo centro o aula, a menudo se ha llegado a una saturación difícil de gestionar. Algunos discursos han considerado esta heterogeneidad como una ventaja para la formación de los alumnos ya que refleja la realidad social de nuestro país al tiempo que les ayuda a adquirir ciertos valores relacionados con la empatía, la aceptación de la diferencia, la tolerancia y cuantos estén relacionados con la buena convivencia ciudadana. Todo eso ha de ser enseñado en el día a día y no es fácil. Diferentes enfoques culturales conviviendo en un centro o en un aula pueden llevar a roces y conflictos que hay que saber manejar adecuadamente. También, por qué no decirlo, diferentes situaciones familiares y personales, sobre todo en épocas de crisis, contribuyen a hacer un poquito más difícil la tarea del profesorado. Y, en fin, esta maldita pandemia vino a complicar muchísimo más las cosas al romper muchas de las costuras de nuestro sistema educativo y hacer que el profesorado haya dado lo mejor de sí mismo adaptándose lo más rápidamente posible, a las nuevas circunstancias con un costo, en muchas ocasiones, muy elevado.

De manera similar, en otros centros de carácter privado o concertado (en el caso de estos últimos muy relacionados con determinadas confesiones religiosas) la situación se ha visto también complicada. Pero, al contrario de los centros públicos, generalmente el alumnado al que atienden pertenece a familias de una determinada extracción social lo que constituye, en ocasiones, un aporte adicional de refuerzo educativo. Y me refiero a que, normalmente, son los centros que han sido elegidos por sus familias (no los que les han correspondido en los diferentes procesos de adjudicación de plaza) por lo que existe una cierta satisfacción con los mismos. Por otra parte, el hecho de estar ubicados en el centro de la ciudad o en entornos geográficos de medio-alto nivel socioeconómico ha hecho que la población que a ellos asiste pertenezca a una determinada clase social que está muy implicada en la educación de sus hijos y que cuenta con  numerosos recursos familiares y económicos para hacer frente a cualquier contingencia que pudiera presentarse a  lo largo del proceso educativo de sus hijos lo que viene a favorecerles tanto a nivel educativo como social. Igualmente, la diversidad a la que hacíamos referencia en los centros públicos es muy reducida en estos otros, tanto porque muchas familias no pueden asumir la carga económica que supone escolarizar a sus hijos en ellos como por la inexistencia de los mismos en determinados entornos sociales donde muchas familias no pueden costearse el llevar a sus hijos (y cuando hay varios hijos la cosa se complica) aun reconociendo honrosas excepciones de centros concertados en zonas desfavorecidas. Pero ese espíritu cristiano de prestar la mejor atención posible al más necesitado se echa en falta cuando hablamos de ellos, ya que su público, el tipo de familias a las que destinan su oferta educativa, suelen ser familias de clases medias o medias-altas donde el factor de pertenencia de clase está muy presente y donde no se suele ver con muy buenos ojos la presencia de alumnos con múltiples necesidades. Y es que las diferencias se perciben desde pequeños y ello genera determinadas conductas. Recuerdo muy a menudo la circunstancia de un centro concertado religioso no muy lejano del mío donde, a familias que tenían hijos  con dificultades de aprendizaje o de integración social en el aula u otro tipo de situación personal que les causara determinados problemas en el día a día, les recomendaban que viniesen al centro público que tenía mejores recursos que ellos con un profesorado que iba a poder darles una mejor atención educativa,… con lo que desplazaban ese problema a quien gustosamente los iba a atender sin pedir explicación alguna. Eso, cuando ya estaba escolarizado, porque en ocasiones, estas recomendaciones se les daba durante el proceso de solicitud de plaza con lo que a muchas familias se les quitaban las ganas de mantener su opción de escolarizar a sus hijos en ese centro.

Siendo como es este tema muy complejo y que requiere de mucha mayor profundidad en su tratamiento no quiero dejar pasar por alto un factor que influye de manera notoria en este proceso. Y me refiero a la formación del profesorado como factor de reconocimiento del centro educativo. Es una cuestión que ha sido y es largamente debatida. Partiendo de la idea de que el profesorado de la escuela pública ha sorteado con éxito un sinfín de procesos selectivos para acceder a la función pública y que participa de manera activa en procesos de formación continua, no es menos cierto que, debido a los rápidos cambios sociales y tecnológicos, a menudo, se ve desbordado por las constantes situaciones a que se ve sometido y a las que debe adaptarse en cuestión de muy poco tiempo. De todos es sabido que los cambios tecnológicos se producen a velocidad de vértigo e influyen de manera decisiva en las conductas de las personas, así como en sus expectativas y formas de proceder. Al contrario, los cambios educativos no siempre se producen al mismo ritmo con lo que es frecuente que haya un cierto desfase entre ellos que nos hacen sentirnos cada vez más alejados de las nuevas generaciones de alumnos (a veces también de padres y de madres). Ello provoca un sentimiento de inseguridad al que no siempre hemos estado acostumbrados. Y, aunque como dije anteriormente, se procura actualizarse, reciclarse y formarse en las nuevas metodologías y cambios educativos, no siempre se consigue. Debido a ello es frecuente que nos encontremos un número cada vez mayor del profesorado que se encuentra “desubicado” respecto a la función docente que percibió en el momento de acceder a la misma. A la ya clásica formación dirigida o a las actitudes autodidactas de muchos de nuestros maestros y maestras se ha añadido en estos dos últimos años la dichosa pandemia que ha obligado a un uso minucioso de los recursos tecnológicos para los que muchos docentes no estaban suficientemente formados y para quienes ha supuesto un reto personal muy importante que les ha obligado a invertir un sinfín de horas para poder responder a las demandas de la situación. Todos debemos reconocerles el grandísimo esfuerzo realizado y que actualmente siguen realizando ya que, añadido a su implicación personal y afectiva con su alumnado, han unido esa otra faceta tecnológica adquirida de un día para otro.

Tampoco quiero olvidarme de las familias y de sus esfuerzos para poder compaginar la vida escolar de sus hijos con la propia laboral y familiar. Ha sido digno de reconocimiento la implicación de cuantas familias han acompañado a sus hijos a lo largo del proceso educativo que han debido seguir desde casa (y que actualmente siguen en determinadas situaciones de confinamiento obligado).

Pues bien, un rápido y superficial repaso al mes de la escolarización nos obliga también a pensar en la oferta educativa y de servicios de los centros públicos. Pensemos en el plan de Apertura de Centros que lleva tantos años funcionando con los servicios de aula matinal, comedor escolar y actividades extraescolares.  Se trata de una carga burocrático-administrativa más (por si fueran pocas las que se llevan asumiendo desde hace muchos años sin apenas recursos y que vienen a desplazar en muchas ocasiones las funciones para las que están destinados muchos de nuestros docentes y directivos) que nos acompaña adosada a la escolarización. Y cuántos problemas genera la solicitud de comedor escolar si hay o no plazas o si habrá posibilidad de conseguir una de ellas. Es cierto que en muchos casos se ha abusado de este tipo de servicios cuando su costo ha sido asumido en gran medida o íntegramente, por la sociedad (y recuerdo la cantidad de familias que llevaban a sus hijos al comedor escolar no por necesidad sino para que allí les “enseñasen a comer” y así evitar los disgustos que podía acarrear darles la comida en casa aunque hubiese medios para ello (sobre todo cuando se trataba de determinado tipo de menú saludable), no sabiendo lo que se han perdido en la convivencia con sus hijos en esos momentos del mediodía).

Finalmente, no todo hay que verlo de color de rosa ni negro. Tenemos un sistema educativo que, a pesar de las dificultades, está prestando un servicio educativo (como principal finalidad para la que está destinado) pero también de cohesión social al tiempo que generador de equidad e igualdad si bien de manera lenta, como son todo este tipo de cambios, pero mantenida.

Debemos confiar en la gran capacidad de adaptación de los docentes y de los equipos directivos para dar las mejores respuestas educativas, personales y sociales de que son capaces,  respetarlos y estar prestos en todo momento a colaborar y cooperar con ellos en la labor educativa y poner en altísimo valor su contribución al bienestar social.

Publicado por sptartessos

La Sociedad Pedagógica Tartessos está formada por docentes interesados en modernizar la educación española.

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