Pasada la mitad de julio de 2021 podemos tener respecto a la educación en España algunas certezas e incertidumbres marcadas por los cambios sociales que está catalizando la pandemia. Entre las certezas, la constatación de que las aulas son más seguras que las celebraciones, algo obvio ahora, pero que en septiembre ignorábamos, pues la incidencia en la infancia y la adolescencia era aún una incógnita.
No menos cierta ha sido la disgregación de las respuestas eficaces, aumentada por los gobiernos autonómicos y los tribunales, y encabezadas por un gobierno central que dimitió de su responsabilidad tras las elecciones en Madrid y por una oposición que ayuda bien poco en que afrontemos juntos la plaga.
Una de las respuestas a esta polaridad ha sido el cambio de titular en muchos ministerios, entre ellos el de educación, aún no se sabe si solo por relevo generacional o por una modulación en el desarrollo de la última ley educativa.
En este contexto, generalizar en educación es aún más impreciso que nunca, pues no solo se están diferenciando más las respuestas en cada autonomía, sino que el aumento en la desigualdad económica y cultural está haciendo mella también en las escuelas. Por tanto, las reflexiones siguientes no tienen más valor que observaciones desde mi perspectiva. Por una parte, la pandemia ha aumentado o aumentará el impacto en los centros de tres fenómenos sociales como son el descenso demográfico, el uso de las tecnologías digitales y el aumento de la edad media del profesorado. Por otra, se constata la dificultad extendida por más de una década de implantar desde los cambios en las leyes una educación por competencias en la que se aprenda de la vida y para la vida.
Buena parte del profesorado de más edad, con una mayor percepción del riesgo sanitario en las aulas combinada con la aceleración del uso de las tecnologías digitales, ha sufrido en algunos centros tensiones derivadas por cierto discurso larvado de que quien no estuviera a la altura de los cambios, que se jubilara por anticipado. Parte de esa generación docente que transformó la educación franquista se ha visto en pocos meses a sí misma como extraterrestre. Casi lo que le pasó a la generación que esta relevó. El aprendizaje entre generaciones docentes que venía dándose en los centros se ha visto afectado no solo por el impacto digital, sino también por la falta de respeto con que se ha tratado al profesorado mayor en la explicación de qué vacunas iba a recibir.
La llegada de las pantallas y las tabletas a las aulas ha mejorado en mucho la enseñanza y el aprendizaje en la última década, pero la implantación tardía y de sopetón de las tecnologías digitales que la pandemia ha acelerado distorsiona algunos principios pedagógicos claves al creer que todo se resuelve con aplicaciones con nombre en inglés que quedarán obsoletas pasado mañana. La cuestión de fondo es si la escuela debe usar las tecnologías digitales para ampliar los efectos negativos de estas en la cultura o para mitigarlos.
El efecto negativo que salta más a la vista es la inmediatez con la acabamos creyendo que funciona el mundo, pues así sucede en las pantallas, siendo más costoso educar en la perseverancia y en la paciencia. Un efecto más profundo es la simplificación de los mensajes, que conlleva a la infantilización de la sociedad, apoyada en el predominio muy marcado de las imágenes sobre la palabra hablada, y no digamos escrita. Puede que se lea más que nunca, y que se escriba más que nunca.
El papel guía de la escuela debe centrarse en qué leemos y cómo escribimos. El tercer efecto digital que combina los dos anteriores es concebir no solo la cultura sino también la vida como un espectáculo. Buena parte del profesorado hemos adoptado la táctica de si no puedes con ellos, únete a ellos, pero no es menos cierto el pasaje de Alicia cuando le pregunta a un personaje que para qué están todos corriendo siempre, y este le contesta que, para estar en el mismo sitio, pues el mundo gira muy rápido. Así puede observarse a docentes que entienden que deben convertirse en youtubers e influencers para enganchar a su alumnado.
El temor a un nuevo confinamiento, los confinamientos parciales y el modo semipresencial han provocado que se haya extendido y mejorado el uso de las plataformas digitales de comunicación entre el profesorado, el alumnado y las familias.
Esto requiere una reflexión y una redefinición general, centro a centro y aula a aula sobre los límites del teletrabajo y sobre el papel de las familias en las decisiones pedagógicas que le conciernen.
El descenso de la natalidad viene viviéndose desde hace años en muchos centros y en pueblos enteros como una resistencia frente al cierre total o parcial de sus aulas. La tendencia fomentada por las administraciones ha sido la competitividad, entendida en ocasiones como el predominio en el trabajo cara a la galería, ampliando la tendencia a la educación espectáculo antes citada.
La pandemia ha demostrado que dotar los centros con más profesorado no es condición suficiente por sí misma, pues algunos centros no lo han aprovechado, pero que es una condición imprescindible, tanto para desdoblar aulas masificadas como plantear alternativas eficaces de refuerzo.
Si solo sirviera para evitar el cierre de aulas y de centros, podría ser discutible tamaña inversión, pero es que además la escuela pública y concertada debe centrar su excelencia justo en la atención al alumnado con mayores dificultades personales y sociales, que en muchos casos van juntas, y que está siendo el alumnado más perjudicado por la pandemia. Hay que decirlo claro, el profesorado debe ponerse las pilas, como siempre.
Pero extender lo que la nueva ley entiende como Diseño Universal de Aprendizaje, es decir, combinar diversos niveles de aprendizaje en cada aula, diversificar los modos de acceso al conocimiento y los modos de expresión de lo aprendido es casi imposible con el alto número de alumnos por aula que muchos centros mantienen justo para que puedan ser cerrados otros centros.
Enseñar y aprender por competencias, ese es el reto. La nueva ley hace un nuevo intento que ya veremos cómo traducen las autonomías, las editoriales y los centros. Aprender de la vida, aprender para la vida.
En mi opinión, no como una sucesión de semanas culturales, de nuevo de cara a la galería, sino implicando la enseñanza diaria en la vida diaria. La pregunta es en qué vida diaria, la que creemos los docentes que merece la pena o la que tiene hipnotizados en su pantalla a nuestra chavalería.
Seguramente habrá que pactar, porque la vida dentro y fuera de la escuela será en parte la vida en una pantalla. Aprender para el futuro, como pedía el factótum del informe Prisa. Como si fuera fácil predecir el futuro.
Un futuro infantilizado, o de emergencia climática y luchas terribles por el agua, o tecnologizado y robotizado donde el empleo sea un bien escaso, o con desigualdades inaguantables, o de ayuda mutua, o de intercambios culturales y generacionales, o tolerante e igualitario, o sostenible… veremos.
La certeza más evidente tras este curso es la vitalidad de las escuelas, no solo como instituciones, sino como comunidades.
Cuando en algunos gobernantes y jueces han ha dejado mucho que desear, los y las docentes, el alumnado y la inmensa mayoría de las familias han cortado la cadena de contagios y se han constituido como parte de la solución, no parte del problema.
Las incertidumbres y los retos están para detectarlos con el pesimismo de la razón y para abordarlos con el optimismo de
