Jamás digo que no a un proyecto ilusionante, a aprender de los demás, a compartir mi trabajo y mis experiencias porque, después de los pequeños, lo más bonito de esta forma de vida (porque no es una profesión, sino una forma de vida) es la oportunidad que te brinda de conocer y compartir con grandes personas y profesionales.
Creo en una educación abierta a la comunidad y a la sociedad, donde las familias sean pilar fundamental de lo que hacemos en el aula. Creo en una educación pública, de calidad, igualitaria y compensatoria de las desigualdades. Pero, sobre todo, creo en una educación hecha y pensada por y para la infancia, basada en el juego, en la exploración, en el descubrimiento, en la ilusión, en las emociones… una escuela donde los niños y las niñas sean los verdaderos protagonistas no solo de sus aprendizajes sino de su desarrollo a nivel integral.
Por ello, defiendo y llevo a cabo metodologías de trabajo abiertas e innovadoras que me hagan salir de la zona de confort, que me hagan disfrutar a mi tanto como a ellos, que prioricen lo emocional por encima de lo instrumental… No me considero una persona innovadora como tal, pero sí una persona abierta capaz de coger lo que más me gusta de cada uno, de adaptarlo y de ponerlo en práctica con mis pequeños cada día, con el único objetivo de que sean felices, de que se desarrollen felices pues creo que ese, y no otro, debería ser el principal objetivo de nuestra etapa, la gran olvidada del sistema educativo… la Educación Infantil.
Cuando me piden que reflexione acerca de una experiencia educativa que haya llevado a cabo este curso y con la que haya disfrutado especialmente, debo reconocer que las ideas se me agolpan en la cabeza porque, si os soy sincera, disfruto con cada momento, con cada instante, con cada actividad y con cada juego que llevo a cabo en el aula.
Disfruto del día a día con mis peques, del contacto directo, de sus miradas, de sus abrazos y de sus sonrisas… sí, de sus sonrisas, porque los maestros de infantil hemos tenido la inmensa suerte este curso de pandemia, de no perdernos ni una sola de sus sonrisas por culpa de las mascarillas.
Aun así, haré el esfuerzo de quedarme con una de las experiencias más especiales que he vivido este curso y, pensándolo con honestidad, creo que el destino me brindó este año la oportunidad de estar destinada en un centro Comunidad de Aprendizaje.
El CEIP “Virgen del Mar” (El Portal – Jerez) es mucho más que un cole, es una gran familia integrada por toda la comunidad educativa en la que cada día es especial, diferente al anterior… cada día es una oportunidad de aprender algo nuevo, de compartir, de relacionarse con todos y cada uno de los miembros que compartimos una misma idea de educación.

Creo que puedo decir que, por primera vez en mis casi 20 años de docencia, tengo la inmensa suerte de compartir mi día a día con unos magníficos profesionales que comparten la misma visión que yo de la educación, que creen en una escuela inclusiva (inclusiva de verdad), abierta a las diferencias, abierta a todo el que quiera entrar en ella… un equipo que cree en todas y cada una de las personas que lo componen… un colegio en el que me siento, no solo libre para trabajar del modo en que me gusta sino que, además, me siento apoyada, respaldada y valorada en cada paso que doy.
Pero al margen de sentimientos y emociones (que al final es lo realmente importante), hablando en el plano meramente profesional, este nuevo destino me ha dado la oportunidad de descubrir la magia de aprender en comunidad.
Todavía hoy en día, las Comunidades de Aprendizaje son desconocidas para muchos de los docentes (yo misma, hace un año, había oído hablar mucho de ellas, pero desconocía realmente su filosofía) y, con el corazón en la mano os diré que me parece imprescindible que todo docente tenga la oportunidad de vivirlas, porque en este tipo de coles no se va solo a “trabajar”, se va a vivir y a disfrutar a fondo de todo lo que supone “ser maestro”.
Este curso he aprendido muchísimo y he descubierto cosas maravillosas que desconocía. En este sentido, cabe destacar las actuaciones educativas de éxito características de este tipo de centros, que no son más que una serie de prácticas que, comprobadamente, aumentan el desempeño académico y mejoran la convivencia y las actitudes solidarias de todas y cada una de las personas que conforman la comunidad (tertulias dialógicas, grupos interactivos, biblioteca tutorizada, formación de familiares, etc.).
Como ya he dicho antes, creo que todas estas actuaciones son dignas de conocer y de llevar a cabo en los centros (sean o no CdA), pero me gustaría hacer especial hincapié en una de estas actuaciones que me parece especialmente interesante en la etapa de Educación Infantil: los grupos interactivos.
Éstos son una forma de organización del aula que consiste en el agrupamiento del alumnado en pequeños grupos heterogéneos (nosotras hacemos cuatro grupos de unos seis alumnos de diferentes edades, ritmos de maduración, etc.).
Se organizan, por tanto, cuatro actividades distintas para el desarrollo de la actividad, cada una de las cuales va enfocada al desarrollo de una capacidad, a la adquisición de una destreza, etc.
A cada uno de los grupos se incorpora un adulto (maestros, familias, voluntarios), que será el encargado de presentar y plantear la actividad, teniendo siempre en cuenta que el adulto no dirige, sino que se limita a acompañar al alumnado, que es quien realmente decide qué va a hacer y cómo va a hacerlo.
Por tanto, en este tipo de actividades, el adulto tiene un papel de guía y mediador, no de “enseñante”, estableciéndose así una magnífica relación de equipo entre el alumnado del grupo.
Los grupos rotan de actividad cada 15 ó 20 minutos, lo que permite que en poco más de una hora, todo el alumnado pase por las cuatro actividades planteadas… y, ¿por qué hablo de la magia de apren der en comunidad?… pues porque este tipo de actividades, esta organización, ese pensamiento comunitario permite a nuestro alumnado, además de trabajar aspectos curriculares, involucrarse de un modo activo en su propio aprendizaje, sentirse parte importante de un grupo, experimentar y disfrutar de una inclusión real y efectiva.

En estos grupos, cada alumno aporta algo importante, cada niño es esencial, todas las opiniones valen lo mismo y salen a la luz los puntos fuertes de nuestros pequeños, lo que sin duda mejora el autoconcepto y la autoestima, en definitiva, nuestros niños se sienten queridos, valorados, importantes y necesarios.
En resumen, aprender en comunidad es algo que va mucho más allá del simple hecho de “aprender” … es una filosofía de vida y de educación que convierte el aprendizaje en algo ilusionante, en algo vivo… en algo mágico.

