¿De qué color es la felicidad?

El color favorito de Irene es el verde. Tiene cinco  años,  y  un  mundo  entero  por descubrir. ¿Qué digo un mundo? ¡Un universo! Pero lo tiene tan claro como que el año que viene ya va al cole de “los grandes”.

El verde. Al cien por cien el verde. No lo duda ni un segundo. Y si les cuento por qué, lo mismo se les acaba poniendo la carne de gallina. El que avisa no es traidor. ¿Se atreven a seguir leyendo?

Esto lo viví el curso pasado. Me encontraba cubriendo a una compañera que había faltado esa semana a su tutoría de infantil de 5. Una aventura de las buenas, desde luego. Al ser una comunidad de aprendizaje, en el centro en el que me encontraba teníamos talleres -grupos interactivos les suelen llamar- ciertos días periódicamente, donde algunos padres y madres de la clase venían al aula a trabajar con nosotros.

Aquel viernes había preparado, como de costumbre, un taller para cada rincón de la clase. Teníamos de construcciones, creación de cuentos, de tangram, un memory de animales y alguna cosa más que no logro recordar ahora. Uno de ellos, el que me he reservado para la ocasión, era de colores. Se les daba un color a todos, y se les decía:

Venga, el amarillo. ¿Qué cositas sabes tú que sean de color amarillo?Alguno, si tenías la suerte de que a la primera se hubiese enchufado a la dinámica, respondía: ¡El Sol!

Y tú asentías enérgicamente en todas direcciones, para que todos se pusieran a pintar un solecito en sus papeles, con el color amarillo que les habías entregado. Luego lo mismo con el rojo, y el azul, y el verde. Poco más. Al cabo de unos minutos tocaba rotar de taller, así que tampoco daba lugar a explayarse demasiado en la gama cromática. Lo básico.

Irene llegó con su grupo y se sentó a mi derecha. Agarró el rotulador grueso  de color verde como quien blande una antorcha olímpica y no lo soltó hasta el final. Todo el tiempo con ese. Solo de verde. Todos los dibujos. En esto que me di cuenta, me giré hacia ella disimuladamente y señalándole el papel le pregunté en voz baja: Irene cariño, ¿de qué color son las nubes?
Ella me contestó sin mirarme. Con la vista absolutamente fijada en su folio mientras deslizaba de un lado a otro su preciado rotulador. Es que las nubes son bonitas.

Yo también, mira que preguntarle a una niña de cinco años sobre el color de las nubes del cielo… ¡Con la de tonalidades que adquieren a lo largo del día dependiendo de tantas cosas cuando las miramos! ¡Me podría haber contestado prácticamente media caja de rotuladores! Pero su respuesta no me la esperaba en absoluto. “Las nubes son bonitas”.

Mi  madre  siempre  me  educó  con aquella frase de Bambi desde pequeño que decía: “Si al hablar no has de agradar, es preferible callar”. Y como me quedé patidifuso, opté por dejar a Irene ensañarse con el verde y regresar mi atención al resto del grupo. En uno de los momentos del taller en los que había que cambiar de color, volví mi mirada hacia mi desconcertante artista de la derecha y más de lo mismo. El verde por bandera otra vez.

Había dibujado ya todo el resto del paisaje. Una casa verde, un corazón verde, y justo en ese momento estaba pintando algo parecido a un muñeco también de color verde. Así que le hice la pregunta con mayúsculas. Debo hacer una pausa ahora mismo para comentarles que esta misma pregunta se la hago todos los cursos a mis alumnos cuando empezamos a conocernos. Les voy siempre preguntando uno a uno su nombre y alguna cosa aleatoria. Las hay típicas y las hay desconcertantes. Del tipo… No sé, “si tuvieses un superpoder ¿cuál sería y para qué lo usarías?” “Si pudieses volver al pasado o viajar al futuro, ¿cuál de las dos opciones elegirías y por qué?” O “si fueses capaz de transformarte en un animal ¿cuál escogerías?” Y siempre pregunto entre tanto, ¿cuál es tu color favorito? ¿Y por qué?

Esa última coletilla a menudo los desconcierta bastante. Porque no están acostumbrados en absoluto a tener que justificar algo tan irracional o personal como el gusto por un color. Después, cuando uno les guía un poco  y  les  hace  pequeñas  preguntas,  del  tipo: “¿Qué hay a tu alrededor normalmente que sea de ese color y que te gusta contemplar?” O “¿qué cosas tienes que te encantan, y que ca- sualmente son todas del mismo color?” Pues ellos ya van reconociendo ciertas pre- ferencias personales, etcétera.

Pero todo esto de saber conducirles hacia su propio descubrimiento, toda esta ca- pacidad que puedan pensar que tengo para sacarle punta a algo tan inapreciable, no me viene de ningún pedagogo, de un Máster en Psicología Educativa ni nada de eso. No. Me lo enseñó Irene.

Volvamos a donde lo dejamos. Justo fue preguntarle a aquella pequeña que cuál era su color favorito, y me señaló directamente el monigote que acababa de terminar de plantar en medio del paisaje. Abuela- dijo, directamente.

Pensé para mí, o esta niña me está hablando en clave, de manera prodigiosa, o me parece a mí que no nos estamos comunicando. ¿Y saben qué? Que resultó ser lo primero. ¿Te gusta estar con tu abuela? -le pregunté a Irene. Y ella asintió como si se le fuese la vida en ello.

Y antes de que me diese tiempo de volver a interrogarle por el verde, se me adelantó contándome la mar de entusiasmada que algunos días la abuela la recogía del cole y se la llevaba a casa. Y que en casa ayudaba a su abuela en el hueto, que sospecho que significaría el huerto. Y que jugaban en el hueto, y plantaban comidita, y …

Era un no parar de experiencias en cascada, les prometo. Una detrás de otra con un entusiasmo gigantesco. En un cuerpo tan chiquitito. Le insistí, creyendo que acababa de dar con la tecla:

Y a ti te gusta mucho hacer todas esas cosas con la abuela, ¿a que sí, Irene? Y ella, añadiéndole mucha, mucha hierba verde a su paisaje, me contestó: ¡Sí! ¡Y a tumbá en el cépe a descansá la comidita!

Les prometo que para mí había desaparecido el resto del aula. Y todos sus compañeros. Cada elemento que sumaba a su lista de experiencias placenteras atribuibles al verde me sacudía por dentro como un martillo, dulce por supuesto, pero contundente.

El césped, la hierba, el huerto, sus momentos favoritos; y la abuela, su persona favorita, todo tenía para ella ese común denominador. El color que estaba presente en todo ello, ¿verdad? El verde. Y por eso siempre ese rotulador para todo, esa seguridad en su respuesta.

El verde, ¡claro que sí Irene! Perdónanos a los adultos, que a menudo olvidamos la simpleza de las cosas. Y con esto me despido, agradeciéndoles de nuevo su tiempo y su atención. Espero que esta curiosa anécdota escolar les haya sacado una sonrisa como me la sacó a mí, y les haya hecho reflexionar lo mismo que a este maestro, que a diario sigue aprendiendo tanto de sus alumnos y alumnas.

Quisiera cerrar con una cita de Úrsula K. Le Guin, que creo que resume de forma inmejorable todo esto que les he contado. Dice así:

Un adulto creativo, es un niño que sobrevivió. “Hasta otra.

Publicado por sptartessos

La Sociedad Pedagógica Tartessos está formada por docentes interesados en modernizar la educación española.

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