Trato y truco

Si ellos por vivir la experiencia tan chula que conseguimos brindarles, mis compañeras por delegar la batuta un rato, o si yo mismo, por seguir sumando anécdotas pedagógicas de las que tanto llenan cuando uno echa la vista atrás en el tiempo. De las que se cuentan por sonrisas, y dejan el corazón lleno.

Les pongo un momento en situación, y así quizás terminen de imaginarse el por qué de este título. El maestro que tienen delante -que aún sigue encogiéndose cada vez que utiliza esa palabra- es, entre otras cosas, un enamorado de la magia. Pero también del mundo de las matemáticas. Y desde hace un par de años, ha encontrado la simbiosis perfecta en lo que ciertos autores han denominado las Matemágicas. Y llegarán, les aseguro, varios artículos a mi rincón de esta revista hablando maravillas de este universo fascinante. Por el momento, quédense con el concepto. Suficiente.

Llegó el día de la celebración de Halloween en mi colegio, el CEIP Puente Zuazo, de San Fernando (Cádiz). Mi “cole” de niño, mi segunda casa de siempre. Y el Profe Pepe apareció por la puerta de la clase de 4º con un montón de cartulinas de colores. Y unas fotocopias. – Pufff. Manualidades. – murmuró más de uno. – ¡Magia! – les respondí yo negando con la cabeza sin siquiera detenerme a discutir con ellos.

Les aseguro que no hicieron falta voces, ni golpes estridentes, ni, para los que somos más de llamar la atención con instrumentos o sonidos dulces, timbres que percutir repetidamente. No fue necesario. La palabra “ma- gia” lo hizo todo. Y al instante, todos estaban callados o callando a los demás. ¡Alerta! Idea jugosa e infrecuente a la vista. ¡Me gusta! Se les podía leer fácilmente en las miradas. Llegamos entonces al primer punto de este enunciado.

¡Os propongo un trato!

Dos docenas de alumnos y alumnas aceptaron de inmediato. Sin ni siquiera saber cuál sería mi condición. Daba igual, era magia. Y fuera lo que fuese, les valdría la pena.

Vamos a repasar una parte de las Mates que tenemos siempre un poquito oxidada. – les advertí.

Regresaron en primera instancia algunos de los resoplidos. Yo continué:

No es tarea. Os lo prometo. Vais a entrenar una cosa de Mates, pero haciendo un juego. No os vais ni a dar cuenta de que estamos entrenando. – les prometí.

Uno de los alumnos, replicó desde la primera fila inmediatamente:

¡¿Pero qué juego?! ¡Si has dicho que ibas a hacer magia!

Yo ya había comenzado a asentir desde que le había visto saltar para interrumpirme. Y acercándome a su mesa le respondí, sin dejar de barrer con la mirada al resto de la clase:

Es que vamos a aprender matemáticas haciendo magia.

Les aseguro que uno se siente guay cuando afirma una cosa como esa. Y la reacción de los pequeños, como signo de deferencia, siempre se encarga de confirmártelo. Un grandísimo “¡Ooohh!” resonó en el aula. Ya estaba. La motivación, conseguida. El nivel de activación necesario, activado. Y el objetivo académico, fijado y claro: aprender Mates de una manera diferente. Iniciarnos en las Matemágicas.

A partir de aquí, podría dedicarme a narrarles todo el transcurso del taller como si fuese un cuento – que lo fue -. De hecho, realmente me encantaría que lo viesen, minuto por minuto, mesa por mesa. Pero, además de extenso, se volvería quizás un poco inadecuado para un formato como este. Quédense con el breve resumen que ahora les hago, e imagínense a un Profe Pepe ilusionado, más aún que los alumnos a los que trataba de con- quistar con sus acrobacias didácticas discutible- mente mágicas.

Aceptado el trato, cumplí con mi parte. Les regalé un truco. Iban a ser capaces de adivinar el número que otra persona había elegido de una lista. Sin mirarla en ningún momento. Solo a base de preguntas, una pequeña dosis de memoria, y cálculo mental básico. Sumar do- bles de números muy pequeños, en función de las tarjetas que empleaban para el truco.

Así, después de decorar unos recipientes donde irían colocados los números con los que iban a acabar haciendo magia, ocupamos un buen rato de la sesión recortando y pegando nuestras tarjetas mágicas. Elaborando nuestro propio material, que siempre sabe mejor. Para una clase, preparé calabazas, y para la otra, calderos. Obviamente coloreables con la mayor libertad del mundo. ¡Si viesen lo original que llegó a ser nuestro alumnado!

Cuando todos tuvimos preparados los materiales necesarios, les expliqué paso a paso cómo se debía realizar el truco. Varias veces, por supuesto. No faltaron consejos de cómo colocar las manos, el cuerpo; de qué manera preguntarle las cuestiones clave al especta- dor, detalles de la puesta en escena… Y ya requetexplicado, ¡a ensayar!

Hubo una delgada línea entre los avispados de turno y los hachas en matemáticas. El caso es que, ya sea por la motivación del momento o porque todo el cálculo mental oxidado por la cuarentena había despertado de pronto, al cabo de un par de minutos teníamos a media docena de Tamarices, Cópperfields y demás artistas del engaño dando vuel- tas por toda la clase, retando a diestro y siniestro a quien se encontraban por el camino.

Iban y venían intentos sin parar, y eso era lo que más me importaba. Que un alumno no solo no rechace calcular mentalmente en público una cantidad, sino que salga de él/ella hacerlo una y otra vez hasta que salga bien, no solo no es frecuente, sino que además es casi sagrado.

Valga la exageración. Recuerden que estamos hablando de prepreadolescentes que temen más por su evidencia social que por el futuro de su intelecto habitualmente. Ya les digo, un placer verlos lanzarse a la aven- tura. Donde no pasaba nada por equivocarse. Pero sí si lo lograban. ¡Un truco de magia! ¡Y que no sabían sus padres! Bueno, bueno, ¡ni sus hermanos mayores! Éxito asegurado, costase lo que costase. Y yo, reciclando asombro, uno tras otro, satisfecho por completo.

Todos se fueron a casa ese viernes eufóricos y eléctricos. Costaba retenerlos en la fila incluso. Y muchos de ellos regresaron a la vuelta del puente contando entusiasmados cómo habían triunfado en su casa, o en la de sus abuelos, o cenando con sus primos, haciéndoles aquel sencillo truco de magia. Se les acababa de abrir una puerta preciosa e intrigante hacia lo desconocido. Las cosas del cole podían servirles para asombrar a sus seres queridos, para sentirse protagonistas de retos fascinantes. Héroes pequeños de hazañas de andar por casa, pero admirables. Y eso les bastaba.

Si supierais la de aprendizajes que os aguardan. – pensé mientras les oía fardar de sus anéc- dotas. – Si entendieseis que esto es solo el principio. Que el colegio quiere ayudaros a sacar punta a todo lo que tenéis dentro esperando a ser descubierto…

Y entendí que esa es, sin duda, nuestra misión más importante. Dotarles del conocimiento, las herramientas, y la seguridad necesaria con las que salir ahí fuera a comerse el mundo.

Publicado por sptartessos

La Sociedad Pedagógica Tartessos está formada por docentes interesados en modernizar la educación española.

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