Que tenemos, los docentes, el mejor trabajo del mundo no es algo que yo venga a descubrirles ahora, está claro. Y mucho menos a lectores, todos ustedes, de esta, una revista de Educación. Pero déjenme compartirles en un momento, uno de mis motivos favoritos para adorar esta profesión, que tanto nos regala.
Miles de aventuras, novelas, fantasías llevadas al cine, historias de piratas (incluso del Caribe) han colmado la imaginación de todos nosotros, desde niños, acerca de una cualidad asombrosa. E inalcanzable, por supuesto. ¡La eterna juventud! Y fíjense por dónde, lejos de cuevas, cruces en los mapas, alquimias ni piedras filosofales, nuestro trabajo la tiene bien cerca. La hace posible, como si nada, año tras año, curso tras curso, veinticinco veces por clase. Para quien sabe encontrarla.
Pero por si aún están dudando de la veracidad de este artículo, o de la descabellada dirección de mi humilde opinión, les invito a seguir leyendo y acompañarme en esta pequeña experiencia que a continuación les cuento. Y después, decidan.
A mis manos vino a cruzarse un libro, de estos de pasta blanda y formato sencillo. Título en rojo y un pie de foto llamativo y tentador: “¿Cómo educar en un mundo frenético e hiperexigente?” – ¡Vaya! -pensé al verlo. Precisamente sobre aquel mismo tema habíamos estado debatiendo unos compañeros y yo durante, no recuerdo bien, un claustro o alguna sesión de evaluación, de las que sale uno jalándose de los pelos y el alma a partes iguales. Ya saben.

“Educar en el asombro” se llamaba el libro, y su autora, una tal Catherine L’Ecuyer. Ni la más remota idea. Pero sin duda el título le venía que ni pintado, porque en solo un cruce de miradas había conseguido lo que prometía, asombrarme. Y luego me daría una lección, por supuesto. De las más importantes de mi vida, y que aprovecho desde ya -no sé cuántas más veces lo haré, porque lo merece- para recomendárselo. Sin duda. ¡De cabecera!
Volviendo al hilo de lo que venía a contarles en este artículo, las primeras páginas de esta maravilla de tinta y papel, me presentaron, por medio de su autora, a Chesterton. Y a su preciosa manera de pensar y entender la piedra angular de nuestra profesión. Y de la labor que hacemos, al fin y al cabo, todos los que nos dedicamos a educar. Tanto familias como docentes, en este caso.
La autora cita en su primer capítulo un par de ideas de dicho genio de las palabras, que son de un peso y una profundidad inconmensurables para la que debe ser nuestra meta profesional en todo momento: acompañar a personas en su camino de aprendizaje y de formación. Primero, abre el capítulo uno con una cita que dice: “En cada niño, todas las cosas del mundo son hechas de nuevo y el Universo se pone de nuevo a prueba.” (G.K. Chesterton). Y luego, después de introducir lo que será el concepto primordial de toda su obra, el asombro, insiste: “Como decía Chesterton, en cada una de estas deliciosas cabezas se estrena el Universo, como en el séptimo día de la creación.” (Catherine L’Ecuyer, 2012)
No será poesía de milagro, señoras y señores. Al menos en mi humilde opinión. ¿Puede haber forma más bonita de definir una tábula rasa? ¿De insistir en que, como muchos dicen, la vida no es sino un regalo que desenvolver muy poco a poco -y que por eso le llaman presente?
Ese llamamiento que la autora hace a nosotros, educadores, profesionales o no, para que fomentemos en los niños y niñas la capacidad de asombrarse, se basa en su fe ciega en que el asombro constituye el motor de todo. Del conocimiento, del progreso científico, del crecimiento personal y hasta del propio bienestar o felicidad. Y en la medida en que nos seguimos asombrando vamos devorando el universo que nos rodea. E incluso el que aprendemos a crear.
Esto de que el mundo se vuelva a tener que poner a prueba para cada alumno que empieza su etapa educativa supone un viaje absolutamente fantástico. Una aventura, que no es sino el verdadero aprendizaje, por definición. Y durante dicho camino, en esa experiencia personal e intransferible -muy importante esto- todas las leyes universales, el funcionamiento de la vida, tienen que volverse a probar. Aunque todos los que vamos de acompañantes sepamos cómo funciona. Para esta nueva persona todo empieza desde el principio. Y eso es algo, nunca mejor dicho, asombroso.
En una entrevista para un medio de televisión de aquí de mi provincia, con razón de mi nominación durante el curso pasado, hablo justamente de este tema que estoy presentándoles. Y lo hago diferenciando dos vertientes, a mi parecer importantísimas.

-Una responsabilidad preciosa-
Pero tremenda. Que no debe presionarnos, pero sí motivarnos en nuestra labor profesional. Ya que debemos recordar que, como educadores, para llevar a cabo bien nuestro papel de acompañantes en ese camino de ir descubriendo con asombro las cosas, debemos cuidar con esmero nuestra propia actitud frente a los pequeños y pequeñas que tutelamos. Uno no puede tener una actitud apática. No puede dejar de asombrarse, aunque ya lo conozca todo. Porque de ser así, estaríamos lanzándole a nuestro alumnado un mensaje equivocado.
Cuando ellos acuden a ti, rebosantes de ilusión con un experimento que les ha salido, o un razonamiento la mar de curioso – a su lógica – al que acaban de llegar. O cuando han descubierto algo que no conocían por medio de una investigación de detective de tres al cuarto que se han atrevido a emprender, nosotros no podemos poner cara de “esto ya lo sabía”. Nunca, jamás. ¡En la vida! En lugar de eso, debemos asombrarnos con ellos. Como el que finge ver un regalo por primera vez para sumarse a la sorpresa del que lo recibe. Igual.
Porque en lo que a nosotros supone simplemente un esfuerzo pequeñito, un pequeño teatro nada más, está la que posiblemente sea una de las principales claves de la educación y del desarrollo de las personas. Y podrán estar pensando ahora, “esa es una afirmación bastante presuntuosa”. Y aunque seguramente lo sea, les explico.
Ese detalle, ese momento empático, casi mágico, a fin de cuentas, encierra una fuerza sinigual. Una semilla con potencialidad para echar raíces más fuertes de lo que pensamos. Porque si nuestro alumno/a comparte con nosotros ese asombro que ha experimentado descubriendo el mundo que le rodea, y nosotros lo extinguimos, lo apagamos, estaremos truncando un camino de vida. Tal cual. Y es así de tremendo.

Puede ser que vaya a diluirse para siempre un hábito lector que a lo mejor estaba creciendo, o una pasión por la ciencia que a lo mejor estaba comenzando a descubrir. En definitiva, estaremos extinguiendo vocaciones que empezaban a emerger, y que, por nuestra apatía, o por nuestra desgana, sencillamente les habremos dado a entender que aquello que nos traían ilusionados en sus manos, son semillas que no merecen la pena regar. Detalles que marcarán sus gustos, aficiones, su pasión, a fin de cuentas, por desenvolver el regalo de la vida. Y eso, como decía, supone una responsabilidad tan grande como bonita.
-Una infancia infinita-
Y aquí es donde tiene lugar la verdadera magia. Llegamos, al fin, al quid de la cuestión. El porqué de este título. Pienso, sinceramente, que si uno dedica su vida o su labor profesional a acompañar niños que caminan todos los días en sus viajes de descubrimiento, obtiene una recompensa maravillosa y renovable. La capacidad de rejuvenecerse una y otra vez. De tener cada mañana, cuando entra por las puertas de su aula, una segunda oportunidad para sentir que descubre la vida a su paso.

Ya que tener la suerte de acompañar a alguien que vive todo por primera vez, de cerca, de la mano, justamente a su lado, teniendo que compartir sorpresas, ideas, aprendizajes y, en definitiva, asombros, nos permite a los docentes volver a sentirnos niños. O al menos, poder mirar a nuestro mundo, más que probado, más que demostrado, y a duras penas comprendido, a través de los ojos de un niño donde todo puede volverte a alucinar.
Por eso esta profesión es tan preciosa, señoras y señores. Porque tenemos la oportunidad de volver el pasado presente, una y otra vez. En cada alumno, en cada mesa, en cada clase. A través de cada ventana, de cada día de la semana. Unos ojos que miran el Universo con un asombro que, recuerden, nunca debemos dejar de alimentar.
