Lo imprescindible en Educación

¿Qué son, pues? A mí me inquietaba, o me atraía, pensar qué finalidad podía tener un microorganismo que no puede alimentarse, no puede crecer y no puede reproducirse. 

¿Para qué esa actuación patógena si no pasaba de ser un mero intento de ser vivo?

Pero no había duda, y menos aún hay hoy, de que es un agente infeccioso, que parasita las células aprovechándolas para replicarse… Por eso otra forma de definir su esencia es “biomoléculas autorreplicantes”.

La explicación del profesor, simple pero efectista era: “es como un enanillo o un geniecillo, que se te pone sobre los hombros, no te lo puedes quitar de encima, te esclaviza y ya no puedes hacer lo que tú quieras, solo lo que te mande. Eso es lo que hace el virus con las células.”

Algo más tarde, al conocer más sobre los genes, en particular que es donde radica el impulso vital para la reproducción, entendí mejor el interés de los virus en replicarse: al fin y al cabo, son material genético, ácido nucleico, en forma de ADN o de ARN, cuya misión en la vida es reproducirse.

Por eso, si llegan a una célula afín, a la que puedan fijarse, la cautivan, introducen el mensaje genético (ADN o ARN) en su citoplasma y la célula pierde el cometido que tuviera para centrarse en ser fabricante de copias de ese material genético que es el virus, puede que, hasta el punto de llegar a colapsar, liberando un incontable número de nuevos virus réplicas del que la infectó.

Y también pude serenar mi inquietud sobre la falta de sentido a la existencia de “entes biológicos” sin funciones vitales propias.

Si la vida se originó en un cóctel o salsa primigenia de moléculas que reaccionaban formando compuestos cada vez más complejos, llegando a proteínas capaces de emitir mensajes (reacciones) condicionales, que podían combinarse repartiendo funciones, hasta llegar a una primitiva célula, o quizás antes a una simple agregación de proteínas iguales, o complementarias, o proteínas con otras moléculas, y de allí llegar, tras millones de años, a la complejidad de la vida que hoy puebla la Tierra, entonces, el esperar de los virus, en esa, digamos, raquítica forma de vida, cobra sentido: su misión es seguir estando ahí, seguir replicándose, porque las réplicas no son siempre exactamente iguales y, con algunas variaciones esa base simple de “casi vida”, puede encontrar en cierta mutación una posibilidad de unirse o agregarse a otra macromolécula y avanzar en la evolución hacia una forma biológica “más viva”.

Tiene lo imprescindible (material genético) para realizar una función autorreplicante que los diferencia de los seres inertes.

Y hay que ver cómo algo tan simple puede causarnos un desastre sanitario, social y económico de tal dimensión como lo que estamos viviendo a causa del virus SARS-CoV-2.

El virus, pues, tiene lo imprescindible para la vida, el código genético.

En el ámbito educativo, ¿qué podríamos considerar imprescindible en la educación de alumnos que comienzan a muy temprana edad, para que su formación sea un éxito educativo? ¿Cuál sería el código genético para un proceso educativo satisfactorio?

Pueden manejarse varias variables, y todas tienen efectos en el éxito educativo: capacidad personal, sistema educativo bien organizado, buenos profesores, suficientes medios y recursos educativos, un currículo adecuado a los actuales planteamientos pedagógicos y didácticos… Todos estos factores son necesarios y deben contribuir al logro educativo, pero de todos ellos podemos relativizar su importancia. ¿Entonces?

Lo más importante, lo imprescindible para la educación del menor, es el respaldo, el apoyo, la positiva valoración de la educación que la familia traslade y muestre a su hijo o hija en su recorrido escolar.

No es solo un impulso inicial o puntual, debe ser una acción continua, ayudando, o si no fuera posible, encareciendo siempre la importancia de estudiar, de respetar a los profesores, de cumplir sus instrucciones y hacer las tareas que manden…

Y esto no está forzosamente ligado a un determinado nivel socioeconómico y cultural, como demuestra el período de los años sesenta del pasado siglo en España, en el cual hubo un bum de estudiantes de familias de pocos recursos económicos, de padres semianalfabetos, pero con un propósito grabado en sus mentes: “que sus hijos llegaran a donde ellos no habían alcanzado”.

Tenían a los estudios en muy alta consideración, al igual que al profesorado, y estaban dispuestos a realizar los esfuerzos necesarios para que sus vástagos pudieran estudiar y tener éxito educativo, cosa que transmitían a sus hijos dándole el valor que se da a las cosas serias e importantes. Tenían y transmitían elevadas aspiraciones para sus hijos.

Ciertamente, una familia de nivel socioeconómico bajo o medio-bajo no tiene por qué tener un capital cultural bajo, aunque lo que suele darse es que tiene capital cultural “diferente”.

En las familias antes relatadas de los años sesenta, no habían oído hablar de Góngora, ni de Newton, ni de Mendel, ni sabían distinguir entre un soneto y una décima, pero tenían sus conocimientos de agricultura, habilidades manuales, canciones y juegos populares, sabían realizar tareas domésticas, lenguaje castizo o comarcal… era una cultura “diferente”, lo que importaba era que habían puesto en su orden de prioridades, muy por delante, la educación de sus hijos.

Viene a cuento el estudio realizado en Estados Unidos, publicitado por Inger Enkvist, hispanista sueca, en el cual se recopilaron datos y se contrastaron resultados escolares de dos comunidades inmigrantes en Estados Unidos, hispanos (mexicanos en su mayoría) y asiáticos (chinos y coreanos, principalmente).

En ambos casos se trataba de familias de nueva inmigración, de escasos recursos económicos y donde los progenitores desconocían el idioma inglés, incapaces por ello de ayudar a sus hijos en las tareas escolares o en las dificultades de aprendizaje.

Como datos más relevantes destacaba una gran diferencia de horas que dedicaban los alumnos a las tareas o estudio en casa, casi cinco veces más, en horas semanales, en el caso de los niños asiáticos, infundidos, según las conclusiones del estudio, por el respaldo y exigencia de sus padres, algo que no abundaría en la comunidad hispana objeto del estudio.

Sea o no consecuencia de ello, el rendimiento educativo de los escolares asiáticos era muy superior al de los niños hispanos. En el estudio se asocia también el mayor rendimiento escolar al hecho cultural presente en la comunidad asiática, de respeto y obediencia a los mayores, reconocimiento de la autoridad del profesor e importancia concedida al logro de títulos y acreditaciones.

Culturas diferentes, con distintos valores y orden de prioridades también diferentes. Que en una familia a un recién nacido lo inscriba su padre como socio del club de fútbol de la ciudad (o de su predilección), o que lo apunte en la cofradía o hermandad que más le emocione, no tiene nada de negativo, siempre que no se sobreponga al valor que debe conceder a la educación de ese hijo.

Regalar una videoconsola, o un teléfono móvil, a un hijo, no es en sí mismo cuestionable, lo sería si no apareja un control para que se utilice adecuadamente, sin abuso y sin quitar tiempo al necesario para los estudios.

Lo más importante, lo imprescindible, es que ese chiquillo tenga el respaldo y el deseo familiar para conseguir una buena educación, que la familia tenga aspiraciones educativas para su hijo, se las transmita y lo apoye constantemente, lo demás podrá irse arreglando, pero la prioridad de la valoración de la educación por parte del entorno familiar, la especial preocupación de la familia por la educación de sus hijos, es primordial, fundamental, imprescindible.

Todos los niños y todas las niñas merecen, y necesitan, un entorno familiar que valore y respalde su educación, es, como quiero dejar sentado, lo imprescindible para su éxito escolar.

Para los padres es un deber inherente a la patria potestad por el derecho a la educación de su hijo o hija, y no basta con que lo escolarice, porque los valores de la educación no llegan a actuar si el entorno familiar no predispone para ello, si la preocupación y dedicación de los padres por la educación de los hijos no es algo primordial.

Ese es el código genético de la Educación.

Publicado por sptartessos

La Sociedad Pedagógica Tartessos está formada por docentes interesados en modernizar la educación española.

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