Nuestro primer Consejo Escolar online iba de maravilla. Las madres apreciaban nuestro esfuerzo por formarnos de sopetón, por superar la sobredosis inicial de tareas, por telefonear al alumnado descolgado, o llevarles libros, ejercicios y un par de ordenadores privados, por mandarles consejos sobre cómo cualquier familia podía ayudar a sus hijos en las tareas escolares.
El padre, agradecía la dedicación con los chavales de necesidades especiales, y ensalzaba las ventajas de Classroom sobre Moodle como plataforma para acabar con la diversidad de canales con que a veces aturdíamos a las familias.
El director explicaba la utilidad los aprendizajes imprescindibles de Primaria y de Infantil (https://bit.ly/3g7Asxl), recién aprobados en Claustro y cómo serían la evaluación final y la ordinaria, y dejaba para junio cómo regular este año las reclamaciones. Con más orden que en una sesión presencial, lamentábamos que el ayuntamiento aún no hubiera ayudado a las diez familias sin wifi, que en la Delegación Provincial continuaran las contraórdenes y nos siguieran poniendo pegas a entregar libros y materiales al alumnado, o el interés de la Consejería por diferenciarse del Ministerio y a veces contradecir las Órdenes del Mando Único del Estado de Alarma.
Entonces, una madre dijo: “Es que las tareas son repetitivas y muy aburridas”. El director recordó una cara en el claustro, extrañada de que él volviera con su mantra de “Aprender de la vida, aprender para la vida” de John Dewey, con lo que estaba cayendo.
Así, siguiendo a Tonucci, dijo que justo ahora habría que hacer de la necesidad virtud, y aprovechar el hogar como la mejor situación de aprendizaje, pero que eso ya era para nota, y mejor sería abordarlo en septiembre.
Le quedaba nada para dejar su cargo como director, tras 37 años de mandato, record español de “jartible”, y ya había asumido que el profesorado había avanzado bastante en el aprendizaje por tareas integradas y proyectos: formándose, integrando áreas, motivando a la comunidad en celebraciones comunes, abriendo la escuela más allá de la cancela, definiendo un currículum claro y sencillo que nos permitía saber dónde desbordarlo. No estuvo mal el colofón del proyecto de febrero: 25 clases montando chirigotas sobre Historia en nuestra 38ª edición del carnaval de las coplas, otro record de “jartiblismo”.
Con el coraje que le daba rendirse, se estaba rindiendo a que las modas estuvieran limitando las tareas integradas a unos centros de interés con manualidades incluidas. O a que la enseñanza espectáculo invadiera los días de la Paz o de la Mujer con vídeos con nombre en inglés, como si un festival de Eurovisión escolar se tratase. Y a que los proyectos acabaran teniendo un único formato: semanas culturales periódicas. Se estaba haciendo mayor.
Practicaba la mayéutica de Sócrates, hacer pensar preguntando, no respondiendo, desde que alguien se la recordó hacía 34 años en un Aula de la Naturaleza. Era muuuy cansino si estaba convencido, y repetía que la meta del Aprendizaje Basado en Proyectos no era un “producto”, palabrita mercantilista, sino un “resultado socialmente útil “que podía ser tan poco tangible como asentar un hábito o descubrir una estrategia. Que lo crucial era plantarse en situaciones reales motivadoras de aprendizaje, “tocar pelo” en su jerga, adoptar el papel de personas ajenas para resolver problemas cotidianos, aprender haciendo, empujar al alumnado a buscarse la vida. Dejar de ser profesor de teórica en una autoescuela y enseñar el examen práctico de conducir por el mundo real. Moco de pavo.
Un amigo le mandó el vídeo “Quererse de lejos” (https://bit.ly/2WJBZ50).
Le llegó al alma, porque aún no sabía cuándo conocería a su nueva nieta, que debía nacer en Amberes a mitad de junio. Aparcó la rutina con su tutoría de quinto, y decidió diseñar tareas que respondieran a los distintos momentos que estuvieran viviendo él, su alumnado y sus familias. Les mandó una tarea integrada de cinco áreas, basada en ese vídeo. La escribió en letra del 36 para que se pudiera leer bien desde un móvil, y pidió las respuestas en fotos con el móvil al cuaderno y en audio de menos de medio minuto. ¡Tanta brecha digital de las narices! Se trataba de descubrir las palabras y las imágenes que mostraban el amor a distancia, el orgullo entre padres e hijos, el homenaje al personal sanitario. De pillarle la medida y la rima a los octosílabos. De que no hay educación emocional más ancestral que la poesía hablada. De inventar un poema usando la aliteración, comenzando por “La primera vez que vi tu cara”, la canción con que bailaba pegado, ya pureta. Como haría con las siguientes tareas, la rebotó a sus colegas de ciclo y a amigos de otros centros. Y pidió a la maestra de Pedagogía Terapéutica que ayudara por teléfono a sus alumnos Epi y Blas.
Cuando dejaron salir a las criaturitas, y al poco casi todo el mundo pudo pasear y hacer deporte, al amanecer iba en bici o andando por las marismas chiclaneras. Porque una tarde que subió a las lagunas le recordó los tiempos en que casi nadie tenía coche y los atardeceres poblaban las cunetas de novios, de pandillas y de cristinas, como las llamaba su hijo chico. Así que rehízo una vieja tarea que tenía sobre cómo describir paisajes usando todos los sentidos(https://bit.ly/3g57H46), la memoria y la emoción. Y cómo usar la animación y la personificación para convertir en mágico el paisaje más anodino. Las respuestas a esa tarea no fueron tan simpáticas, porque su chavalería cogió la imagen del paisaje que iba de ejemplo en la tarea. Encerrados una temporada no iban ahora a salir con el cuaderno de campo. Kilpatrick le dedicó una sonrisa burlona.
El primer amanecer de la Fase 1, se plantó en Benamahoma cuando una nube de nácar se arrastraba entre los riscos del Torreón. Lo pararon los civiles y le desearon buen viaje.
En los días siguientes observó cómo los desalmados se vanagloriaban de su imprudencia, acobardando y encerrando a amigas y colegas. Leyó que habría vacuna o no, como para el SIDA.
Y concluyó que no quedaba otra que aprender a convivir con el virus, a sobrevivir manteniendo lejos su guadaña, y a vivir con prudencia, pero a fondo todo lo que deseábamos hacer y nos fuera permitido.
Diseñó la tarea “Convivir, sobrevivir y vivir”
(https://bit.ly/3g49VAQ), para que se hiciera en familia. Había que descubrir otras palabras derivadas de vivir y sinónimos de contagiar, comparar las letras en inglés y en castellano de Street of Philadelphia, grabarse cantándola en karaoke y aventurarse a narrar el trailer de la película. Analizar los consejos para evitar el contagio, incluso conviviendo con alguien infectado. Desentrañar qué permite la Fase 1. Describir cómo hacer de modo seguro cinco actividades deseadas y permitidas. Grabarse bailando el vallenato “En la tierra del olvido”. Idear medidas para hacer segura la vuelta al cole. Y entender “Defender la Alegría” de Serrat y Benedetti.
Mandó la tarea como todos los lunes a primera hora, y se puso a escribir estas páginas como si él ya fuera otro.
