Nuevo curso escolar, viejas amenazas, tremendas realidades. Y no es que queramos ser malos agoreros ni tampoco querer ver el vaso medio vacío, pero es que se veía venir y se ha cumplido la caída de la espada de Damocles sobre la cabeza de nuestras escuelas.
Se anunciaba que la segunda lengua ex- tranjera se iba a ver recortada por la espada que se cernía sobre el currículo de los escolares del primer ciclo de Primaria y así ha sido.
No se conocen argumentos sólidos que justifiquen esta decisión de privar a nuestro alumnado de disfrutar de las tan aireadas ventajas que suponen el conocimiento y utilización de una segunda lengua extranjera para poder comunicar con cualquier otra persona de su entorno o, en cualquier caso, sumergirse en esa inmersión lingüística tan necesaria en nuestros días en que la globalización ha arrasado en nuestras vidas y futuro y donde el dominio de lenguas extranjeras se asevera imprescindible. Y es que, privarles de ese derecho y de esos beneficios no tiene justificación pedagógica alguna.
Así que, por decisión política, seguiremos manteniendo la brecha lingüística que nos separa de otros sistemas educativos europeos que, desde hace años, iniciaron el camino del aprendizaje de las lenguas extranjeras como un objetivo prio- ritario en la educación obligatoria como fórmula de progresar como ciudadanos y como sociedad. Esperemos y confiemos en que algún día las mentes iluminadas que toman decisiones en nuestro sistema educativo se den cuenta de las conse- cuencias que tienen sus ocurrencias para nuestro alumnado, que no para otros sectores de la co- munidad educativa, ya que aquello de que el foco había que situarlo en el alumnado como centro del proceso educativo se ve cada día más difuso.
Otro anuncio que se entreveía era el “concursillo” como fórmula de beneficiar a aquellos maestros y maestras que, por concurso general de traslados, tenían difícil obtener los destinos deseados.
Y eso, a costa de generar una inestabilidad crónica en multitud de centros, casi siempre los más alejados de los núcleos urbanos más poblados. Por si tenían poco, se les añade la posibilidad de tener un constante ir y venir de profesorado que perjudica de manera clara y evidente el proceso de aprendizaje del alumnado de esos pequeños núcleos de población.
Eso sí, el beneficio que obtiene parte de ese profesorado es evidente y también sirve para contribuir a esa tan denostada inestabilidad en los centros de los pueblos grandes y ciudades de nuestra geografía.
¿Y todo, para qué? ¿Para que una parte de nuestro profesorado que ha obtenido destino definitivo en zonas rurales pueda disfrutar de los beneficios que tiene el cambio de destino a una zona más próxima a sus domicilios o residencia?
¿Ha pensado alguien en el grave perjuicio que supone para ese alumnado que un año sí y otro también ven con asombro e indignación cómo la lista de maestros y maestras que pasan por su centro se hace interminable?
Ahora bien, habrá organizaciones que se sientan satisfechas con estas decisiones que vienen a contentar a sus afiliados y les permitan crecer o mantenerse en determinadas posiciones de privilegio a las que muchos, por desgracia, ya se han acostumbrado.
¿Ha pensado alguien en que esta inestabilidad se lleva por delante los planes y proyectos de los centros? ¿O es que ahora ya no son tan importantes? Creo que se están priorizando intereses corporativos por delante de los exclusivamente pedagógicos y eso puede tener consecuencias en el futuro de nuestros escolares y nuestros centros. Otra ocurrencia que habrá que ver cómo termina.
En otro orden de cosas, se sigue avan- zando en el aumento de la burocratización de la gestión de los centros escolares y en vez de avan- zar en la “simplificación administrativa” nos encontramos con que los trámites se convierten en una pesadilla para el profesorado y equipos directivos.
A las anteriores cargas burocráticas se añaden, por mor de garantizar todo tipo de dere- chos, otras que nos han invadido y arrasado. ¿De dónde sacamos tiempo los docentes para atender este tipo de carga burocrática?
Pues, normalmente del tiempo que ha- bría que dedicar a la planificación e innovación educativa. Nos vemos continuamente agobiados con los protocolos que hay que cumplimentar para que nunca se nos vuelvan en contra cualquiera de las decisiones que se tomen.
Y no es que esté en contra de asegurar las garantías procedimentales o de cualquier otro tipo de actuaciones por parte de los docentes o de los equipos directivos, pero de ahí a mantener y aumentar esas disfunciones de la burocracia que hace ya denunciaba Weber hace décadas hay un gran trecho.
Hay quien piensa que esa es una manera de dar sentido a tantos y tantos puestos burocráticos que ocupan despachos y mesas en diferen- tes espacios de nuestra Administración.
Lo que sí es cierto es que esta carga bu- rocrática tiene consecuencias para la percepción que se tiene desde la escuela y el aula de sistema educativo y de quienes toman decisiones trascendentales.
Hace ya mucho tiempo que mi buen ami- go Pepe anunciaba que los tiempos de la dirección eran insuficientes para la gran carga burocrática que se acercaba. Y es que las cuentas no cuadran.
Si cada día se nos traslada a los equipos directivos más competencias pero no se nos dan recursos o tiempos, mal vamos. Hubo quien ven- dió que ese aumento de carga y responsabilidades era consecuencia de la confianza de la Administración Educativa en los equipos directivos de los centros, pero quizá no fue otra cosa que qui- tarse de encima determinados “marrones” o molestas competencias y dárselas a las direcciones escolares que estaban ávidas de implicarse en la vida de los centros para intentar mejorarlos.
Y viene a cuento porque al comienzo de curso siempre nos vemos inmersos en procesos de escolarización en los que tenemos que hacer encajes de bolillos para conseguir satisfacer las demandas de las familias para que sus hijos e hijas puedan acceder al centro deseado.
Procesos de escolarización en lo que tenemos muy poca capacidad de decisión ya que las planificaciones educativas ya están tomadas y no nos queda que repartir y/o subir ratios en las zonas de mayor densidad de población.
Y las unidades son las que son, así que olvidémonos de bajar las de los primeros cursos del segundo ciclo de Infantil, sí las de tres años, y, si hay que subir a 27 alumnos por clase, así sea.
La verdad es que hablamos de una falsa autonomía de centros muy envenenada. Te paso más responsabilidades pero no te doy los recursos necesarios para dar una respuesta educativa y organizativa adecuada.
Vaya por delante que creo que la solución pasa por confiar más en las personas que están diariamente en contacto con esa realidad y que pueden aportar más realismo a las decisiones a tomar. Pero esa otra interpretación de trasladar responsabilidades no queridas porque generan mucho conflicto gana mucho peso hoy día.
Este año, además, se estrena con la recu- peración de determinados derechos y medidas que se perdieron en su momento y que fueron muy eficaces.
Me refiero a la posibilidad de recuperar el sistema de sustituciones del profesorado que nos permitía poder sustituir con determinada prontitud a quienes causaban baja por diferentes moti- vos y que impedía al alumnado mantener el ritmo natural de trabajo y aprendizaje con el consiguiente perjuicio para su proceso educativo.
Es una evidencia que cualquier persona puede causar baja por diferentes motivos en su actividad laboral, pero si los directamente perjudicados son los alumnos que están a su cargo, hemos de minimizar el impacto que esta situa- ción tiene para ellos.
Y si volvemos a la misma de antes, hay
que pensar en qué medidas causan beneficio al alumnado, mantenerlas y aumentarlas. Confiamos que las consecuencias negativas que supuso el Real Decreto 14/2012 se vayan reduciendo hasta llegar a desaparecer y que estos anuncios se conviertan en realidad.
Algo parecido ocurre con el uso de las nuevas tecnologías. Es una realidad que su pre- sencia en nuestros centros se ha convertido en un fenómeno normal y que, tanto profesorado como alumnado, las han incorporado de manera generalizada a sus procesos de enseñanza y aprendizaje.
Si queremos que en nuestros centros ocupen un lugar primordial, hemos de impulsar su uso y al mismo tiempo garantizar un funcionamiento adecuado.
El programa Escuelas Conectadas está permitiendo que, cada vez más, los centros andaluces accedan a una conexión rápida y eficaz a internet como fórmula de dar respuesta a las nuevas necesidades de una sociedad tecnológica y digitalizada.
No estaría de más que se dotase a las nuevas aulas del tercer ciclo de Primaria de aquellos recursos digitales, pizarras y ordenadores, que, gracias a la ayuda europea nos permitieron generalizar su uso.
Ahora le tocaría a nuestra Administración Educativa hacer ese otro esfuerzo, con o sin fondos europeos, de permitir a nuestro alumnado de 5º y 6º de Primaria que no tienen todavía acceso a esos recursos, disfrutar de los mismos, no vaya a ser que todo dependa de los fondos que lleguen allende los Pirineos.
Y es que lo tenemos muy difícil los cen- tros que queremos adoptar la iniciativa de digitalizar las aulas a costa de recursos propios, pocos y ajustados a una normativa que nos impide adoptar ese tipo de medidas sin incurrir en ilegalidad bajo la amenaza del expediente disciplinario si no se cumplen al pie de la letra las exigencias obsoletas de la normativa de gastos de funcionamiento.
Y al final, la picaresca se abre paso y se buscan fórmulas para sortear todo tipo de incon- venientes, jugándose el tipo, por beneficiar a nuestro alumnado. Me recuerda otros tiempos.
Es, precisamente, esa llamada autonomía de gestión que preconiza la LOE la que necesitamos para dar respuesta a las demandas de cada uno de los centros sin vernos sometidos a unas limitaciones, a veces sin mucho sentido, que nos vienen impuestas por la norma y que pueden causar verdaderos perjuicios a los procesos educativos que se generan en los centros.
Hago causa de esa necesaria autonomía y sobre todo, en la necesaria confianza que ha de tener la sociedad y, fundamentalmente la Administración Educativa en las personas que asumen las responsabilidades de gestionar y dirigir los co- legios públicos andaluces.
No se trata de una confianza ciega, sino en permitir, mediante los necesarios procesos de rendición de cuentas, que se puedan dar respues- tas adecuadas y personalizadas a las circunstancias de cada centro y que no siempre se ven res- paldadas en normas, en algunos casos, responden a circunstancias de otros tiempos alejados de la realidad de hoy día.
Finalmente, entiendo que esa confianza debe venir también de la mano de las familias de nuestro alumnado que deben considerar y valo- rar la labor docente como una labor profesional ejercida por profesionales que conocen su traba- jo y que actúan siempre buscando el mayor beneficio de su alumnado.
Asisto atónito cada vez con más frecuencia a una permanente intervención por parte de personas que desconocen muchos de los factores que influyen en el proceso educativo y que no tienen reparos en opinar y sentar cátedra de sus afirmaciones y valoraciones, llegando a poner en cuestión en muchas ocasiones las decisiones adoptadas por los profesionales de la educación sin más argumento que sus simples percepciones o sus visiones parciales o interesadas de la realidad escolar.
Flaco favor hacen a sus hijos cuando ponen en cuestión la labor docente, porque están desprestigiando no sólo al profesional sino al propio sistema.
Y cuando estas posiciones se ven acom- pañadas de actitudes megaproteccionistas (si hay algún calificativo mayor podría ser capaz de asumirlo) que buscan satisfacer al máximo actitudes propias de la infancia volviendo débiles y frágiles a aquellos a los que habría que hacer fuertes y resistentes a la frustración que puede venir ante cualquier contratiempo o situación que no produzca bienestar.
Que a la infancia hay que cuidarla y protegerla es algo indudable, pero de ahí a que haya que estar sometidos cada vez más a esa “tiranía de la dicha” que hace muchos años anunciaba un ilustre escritor jienense o esos nuevos escenarios de “síndrome del emperador” que nos van acom- pañando cada vez con más frecuencia, no creo que sea lo más deseable en una sociedad del siglo XXI que debería haber aprendido de experiencias anteriores.
Pero, como decía al principio de estas reflexiones, curso escolar nuevo, viejas amenazas, tremendas realidades y renovadas ilusiones por mejorar, entre todos, nuestra sociedad desde la escuela y los procesos formativos que se llevan a cabo en esta vieja y a la vez renovada institución educativa.
