Me ocurre en los últimos tiempos que leo más sobre la necesidad de cambiar e innovar en educación en textos, artículos, documentales, entrevistas… de carácter científico, tecnológico, económico, social, legal o político que en aquellos dedicados directamente a hablar del mundo educativo.
Creo que existe una especie de consenso en hacer recaer en el sistema educativo la responsabilidad exclusiva de preparar a las próximas generaciones ante un futuro próximo del que no acabamos de ver cómo afectará a los seres hu- manos, en su desarrollo, sus relaciones y su misma supervivencia.
Los docentes, no podemos eludir la responsabilidad, pues es la formación nuestra razón de existir; pero tenemos la obligación, primero de advertir y después de implicar al resto de la sociedad en la tarea de embarcarnos juntos en un proceso formativo a gran escala que debe tener como eje el sistema educativo. De esta forma asumiremos nuestra responsabilidad y devolve- remos la pelota a quienes quieren escaquearse de sus responsabilidades en el presente, ante las incertidumbres del porvenir.
Debemos configurar un futuro a medida de las necesidades y los objetivos de todas las personas y del planeta que habitamos. Deberíamos hacerlo antes de que intereses oscuros lo hagan por nosotros.
“No estamos en época de cambios, estamos en un cambio de época” he leído y no re- cuerdo dónde para poder citarlo con propiedad.
Esta frase se me ha grabado como un oráculo premonitorio junto a las palabras de Antonio Gramsci: “Lo viejo no acaba de morir, lo nuevo no acaba de nacer” pero van materializán- dose señales, se multiplican las noticias sobre cambios y nos vamos mentalizando sibilinamente con los continuos “gadget” que transforman nuestras vidas:
-¿Cuántos trabajadores han desaparecido de las fábricas de automóviles, de los bancos, de los periódicos y revistas…en los últimos quince años?
-¿Cómo se ha impuesto el uso del móvil, el GPS, las redes sociales, la compra online…?
Ante este desarrollo exponencial de la ciencia y la tecnología que en cualquier momento va a enfrentarnos ante decisiones trascendenta- les sobre la propia humanidad del ser humano:
¿Qué formación? ¿Qué competencias necesita nuestro alumnado de hoy para afrontar los retos de los próximos veinte años?
Cito varios textos de una entrevista realizada por Alfonso Torices en el Diario Sur el 8/10/18 a Tan Eng Chye, rector de la Universidad Nacional de Singapur:
“En Singapur, ya no hablamos de titula- ciones. Los estudiantes tendrán que formarse a lo largo de toda su vida.”
“¿Qué pesa más para encontrar trabajo, los conocimientos o las habilidades personales?
Ambos. Muchas universidades trabajan bien el conocimiento, pero descuidan las habili- dades blandas (comunicación, empatía, creatividad, organización, pensamiento crítico). En nuestra universidad impartimos un programa que se llama ‘Raíces y Alas’. Las ‘Raíces’ trabajan la personalidad, tu capacidad de sobreponerte a las dificultades. Acabar con el pensamiento negativo. Proclamar que tú puedes hacerlo. Las ‘Alas’ dan habilidades de comunicación para relacionarse con los superiores, los colegas o los subordina- dos, para trabajar en equipo. Es importante pre- parar a los alumnos en estas habilidades.”
“Un técnico no va a poder competir con una computadora, pero la máquina no podrá alcanzar las habilidades humanas. Necesitas saber cómo funciona un robot, pero hay que ser menos robot y más humano.”
“Singapur es un país muy pequeño (5,5 millones de habitantes), con 53 años de historia (se independizó en1965), y sin recursos naturales. Era evidente que teníamos que poner todos nuestros recursos en el talento humano, empezando por la Primaria y la Secundaria.”
Perdonen ustedes la extensa cita, pero el periódico del día, lo mismo que lo viene haciendo durante los últimos tiempos me provee de argumentos para fundamentar mis intuiciones y sobre ellas mis propuestas educativas.
La cita tiene que ver con el t ítulo de este artículo: “Generar la voluntad de mejora”.
Conseguir que la población se confabule en torno a las escuelas ha sido el gran éxito que ha llevado a este pequeño país a altos niveles de excelencia educativa, con el objetivo programado de ser como un corcho que flote en el futuro gra- cias a las competencias técnicas y humanas de sus ciudadanos. Allí el tema diario de conversación no es el fútbol y Sálvame, todos y todas es- tán volcados en la educación tanto tiempo, como en la diversión y el entretenimiento.
Ahora nos toca el análisis comparativo con nuestro país, con nuestra Andalucía, una co- munidad muy concienciada con la educación a nivel político, pero que no logra despegar a nivel educativo.
En mi diagnóstico hay una intuición que está relacionada con la ausencia efectiva de vo- luntad de mejora colectiva. Tenemos individualidades brillantes que luchan por destacar, a veces a contracorriente, de la mayoría que se dedica a vivir sin complicarse para nada la existencia.
Todo augura que pronto, como dice el rector, no van a servir los títulos, porque el cono- cimiento avanza tan rápido que se quedan obsoletos en pocos años, se impone una formación generalizada a lo largo de toda la vida y de toda la población para estar en la onda de los tiempos y poder seguir desempeñando trabajos útiles a la sociedad.
Por otro lado, todos los trabajos que hoy desempeñan las personas con más bajos niveles educativos podrán ser sustituidos por robots e inteligencia artificial. En otro orden de cosas nos hará falta una gran formación ética para poder opinar y votar sobre temas trascendentales: ¿Se permitirá diseñar genéticamente a los hijos? ¿Se protegerá la privacidad individual en las redes so- ciales? ¿Se pondrá fin a la manipulación en los medios de información? ¿Pondremos límites al consumo para salvar al planeta? ¿Cómo vamos a suplir los puestos de trabajo que desarrollen las máquinas? ¿Qué haremos si unas pocas multinacionales concentran toda la riqueza y el poder del planeta? Miles de interrogantes que pueden o no llegar a tener que solucionarse y para las cuales se necesitan personas libres, críticas, responsables y activas social y políticamente, además de estar muy formadas para poder tomar decisiones acertadas.
Y para ello nos toca CAMBIAR la escuela, revisar objetivos, contenidos, metodologías, afianzar y profundizar en definir cuáles serán las competencias necesarias, buscar los recursos y además implicar de forma activa a toda la sociedad en el cambio generando una activa voluntad de mejora en todas y cada una de las personas de nuestra comunidad.
Empezando, como han hecho en los países más exitosos por firmar un pacto educativo a nivel no solo político, también social y económico situándola en el centro del escenario de la vida de cada día, generando la complicidad de que es tarea de todos y de todas y no sólo de la escuela la formación de los niños y las niñas de nuestro pueblo.
Continuar creando conciencia. Recuerdo la campaña que organizó el actual Director General de Tráfico para reducir los accidentes de tráfico con el “Si bebes, no conduzcas” se redujo drásticamente la cifra de muertos y heridos en pocos años. Se podría gastar el mismo dinero en concienciar a la población de la urgencia y necesidad de implicarnos todos y todas en un proceso de formación que nos ayude a no quedarnos atrás en el futuro que se nos avecina.
Y seguir diseñando el nuevo modelo edu- cativo volcado en una formación de futuro en el que se implique toda la sociedad en su diseño, planificación y compromiso desde los niveles in- dividuales a los sociales y políticos dejando de la- do, la obsoleta pelea ideológica que está domi- nando la toma de decisiones en nuestro país.
Nos tenemos que dar cuenta de la trascendencia del momento y la necesidad de prepa- rar a nuestra ciudadanía para afrontar los desa- fíos reales del futuro próximo. Tenemos que comprender que nuestros hijos e hijas se enfrentan a retos que trascienden nuestras diferencias ideológicas en un mundo donde todo va a cambiar y dónde si no lo remediamos la riqueza se va acumular en tan pocas manos que la gran mayo- ría vamos a ser una sola clase social.
Como conclusión: desarrollemos la necesaria voluntad de mejora en nuestro pueblo, diagnostiquemos las necesidades de nuestro sistema educativo, planifiquemos los objetivos a corto y a medio plazo y consigamos el compromiso de todos y todas en desarrollarlo y conseguir que el futuro nos sonría. Si no lo hacemos, a la velocidad que van las cosas, alguien nos lo hará a su gusto y conveniencia y no al nuestro.
En este primer artículo he querido reflejar mis inquietudes actuales. En futuras entregas entraré a exponer de forma más concreta y técnica cómo creo que debe recorrerse este camino desde la escuela que tenemos hasta la escuela que necesitamos, partiendo siempre de la realidad que tenemos y explorando las posibilidades que se nos ofrecen.
